Las organizaciones de desocupados en la Argentina, de Menem a Milei*
Introducción
Primer acto
En junio de 1996 los habitantes de Cutral Co y Plaza Huincul, Neuquén, se unieron en las rutas para reclamar contra la falta de empleo. Tras la privatización de la petrolera estatal YPF, el 26% de la población de dichas localidades había quedado desocupada. En la prensa se los comenzó a denominar «piqueteros», por las movilizaciones y barricadas («piquetes») con las que bloqueaban la ruta. La protesta se extendió por casi siete días. Luego de escenas represivas y negociaciones con las autori- dades, el gobierno provincial se comprometió a enviar ayuda y asistencia. Un año más tarde, la escena se repitió en General Mosconi, Salta, donde también un grupo de extrabajadores de la privatizada YPF bloqueó las rutas en demanda de trabajo. Sin saberlo, estaban dando el puntapié inicial de uno de los movimientos sociales más importantes del país.
Segundo acto
En septiembre de 2001 se realizó la primera Asamblea Nacional Piquetera en La Matanza. El encuentro congregó a cerca de 2000 delegados de grupos piqueteros, tanto de la izquierda peronista como cristianos, trotskistas y autonomistas. Entre acalorados debates, estas organizaciones reafirmaron su principal método de lucha: el corte de ruta; y su demanda primordial hacia el Estado, puestos de trabajo. De este modo, conformaban un nuevo sujeto organizado: el desocupado. El movimiento piquetero ya se había esparcido por todo el país y enfrentaba la represión de las fuerzas de seguridad. Demandaba trabajo, «planes sociales» y alimentos a los gobiernos, mientras anhelaba un cambio social radical. Por aquellos años, muchos de estos grupos levantaban consignas anticapitalistas y llamaban a construir «poder popular» desde las barriadas. Un par de meses después de aquella asamblea piquetera, el estallido social de diciembre de 2001 modificó el mapa político.
Tercer acto
Apenas unos días después de asumir la presidencia de la nación en 2003, Néstor Kirchner convocó a los principales dirigentes piqueteros a la Casa Rosada. Tras años de enfrentar gobiernos hostiles, Kirchner les propuso a los activistas lugares en el Estado a cambio de apoyo político. Les dijo que se abría una nueva etapa donde debían sumarse «a la política». Para los piqueteros nacional-populares y peronistas era una oportuni- dad histórica para llegar al Estado, el verdadero lugar desde donde se podían cambiar las cosas. Pero la mayoría de los piqueteros marxistas y autonomistas vieron la propuesta de Kirchner como un peligroso canto de sirena, destinado a apartarlos del verdadero camino revolucionario. Una grieta empezó a dividir al mundo piquetero: de un lado quienes se hicieron oficialistas y pasaron a ocupar cargos; del otro lado los que rechazaron la oferta, permanecieron en la oposición y vieron en Kirchner una «continuidad con el neoliberalismo».
Cuarto acto
En diciembre de 2016, con Mauricio Macri en la presidencia, el Congreso nacional aprobó por unanimidad la Ley de Emergencia Social, que creaba instancias periódicas de negociación entre el Estado y las organizaciones de desocupados y ampliaba las partidas presupuestarias para asistencia. Dos años más tarde, se sancionó la Ley de Barrios Populares, que obligaba al Estado nacional a urbanizar todas las villas del país. Ambas leyes habían sido pensadas y demandadas por las organizaciones que provenían del movimiento piquetero, que ya por esos años se movían mucho más cómodas «dentro del sistema»: participaban de movilizaciones junto a la CGT, eran invitadas a selectos foros empresariales -como al Coloquio de IDEA (Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina)—, e incluso, a partir de su estrecho vínculo con el Papa Francisco asistían a encuentros que organizaba el Vaticano. En un arco narrativo notable, algunos líderes que unos años atrás cortaban rutas con sus rostros cubiertos y empuñando palos, pasaron a sentarse en las butacas de la Santa Sede a escuchar cómo el jefe mundial de la Iglesia católica elogiaba su trabajo en los barrios. Este proceso de inserción en el mundo político llegó a su cúspide cuando asumió la presidencia Alberto Fernández, en 2019, y las organizaciones sociales ocuparon más lugares que nunca en el Estado.
Quinto acto
«Apenas asumimos dijimos que el que corta no cobra, y bien que cumplimos. Los piquetes son hechos del pasado»1. Con esta frase, el presidente Javier Milei celebraba en 2024 la disminución de los piquetes durante su primer año de gobierno. La inédita experiencia «liberal-libertaria» que llegó al poder en la Argentina en 2023 colocó a las organizaciones sociales en la mira: recortó sus fondos, reprimió sus movilizaciones e impulsó denuncias en la justicia contra sus líderes, acusados de corrupción en el uso de los fondos públicos y de extorsionar a la gente para obligarla a movilizarse. ¿Llegó el fin de las organizaciones de desocupados, tras treinta años de protagonismo? Estas experiencias, que permanecieron vigentes durante gobiernos tan disímiles, ¿podrán ser barridas de un plumazo por el gobierno de La Libertad Avanza?
La historia del movimiento piquetero, sintetizada en parte en los cinco actos que se acaban de narrar, condensa la estructura de una buena novela: introducción, nudo y ¿desenlace?

Este libro analiza el recorrido de las organizaciones de desocupados desde su surgimiento hasta la actualidad. ¿Por qué en la Argentina, a diferencia del resto de América Latina, se consolidó un movimiento de trabajadores desocupados e informales? ¿Cómo lograron estas organizaciones mantener su vigencia a lo largo de gobiernos tan disímiles? ¿Cómo interactuaron con otros actores del sistema político? ¿Cómo cambiaron el paisaje político y los repertorios de acción colectiva en la Argentina? ¿Resultaron cooptados por los gobiernos progresistas? ¿Se transformaron en un actor estable de la democracia argentina, al precio de abandonar su perfil más combativo y antisistema? Si habían surgido para agrupar a los desocupados en la década del noventa, ¿por qué no se diluyeron una vez que los índices de empleo se recuperaron durante los años kirchneristas? ¿O se trata de una experiencia que el gobierno de Javier Milei ha logrado desactivar, esta vez para siempre?
Cuando estos grupos surgieron, era razonable pensar que se trataba de un fenómeno pasajero, apenas la imagen de un momento de crisis, que quedaría muy pronto atrás, cuando se recompusiera la estructura productiva y se recuperara el empleo. Los antecedentes de otras partes del mundo hacían pensar eso. La literatura académica clásica mostraba la dificultad de los movimientos de desocupados para transformarse en actores estables (Piven y Cloward, 1978). Otros estudios señalaban que mientras duraba la desocupación no era fácil organizar a dicho sector, dada la dificultad de reunir a las personas sin trabajo -por ejemplo, por la dispersión geográfica-, o por las reticencias que suponía abrazar una identidad como la del «desocupado», que solía pesar más bien como un estigma. Si bien algunos estudios recientes señalan la existencia de grupos de desocupados en Europa (Croucher, 2008; Chabanet y Faniel, 2012) o en Bolivia (Hummel, 2021), en general no se constatan en otras partes del Cuando estos grupos surgieron, era razonable pensar que se trataba de un fenómeno pasajero, apenas la imagen de un momento de crisis, que quedaría muy pronto atrás, cuando se recompusiera la estructura productiva y se recuperara el empleo. Los antecedentes de otras partes del mundo hacían pensar eso. La literatura académica clásica mostraba la dificultad de los movimientos de desocupados para transformarse en actores estables (Piven y Cloward, 1978). Otros estudios señalaban que mientras duraba la desocupación no era fácil organizar a dicho sector, dada la dificultad de reunir a las personas sin trabajo -por ejemplo, por la dispersión geográfica-, o por las reticencias que suponía abrazar una identidad como la del «desocupado», que solía pesar más bien como un estigma. Si bien algunos estudios recientes señalan la existencia de grupos de desocupados en Europa (Croucher, 2008; Chabanet y Faniel, 2012) o en Bolivia (Hummel, 2021), en general no se constatan en otras partes del mundo movimientos de desocupados robustos que se hayan sostenido en el tiempo. En la Argentina, por el contrario, a treinta años de su surgimiento, podemos afirmar que las organizaciones de desocupados nunca perdieron vigencia. Más aún, en los últimos años se consolidaron como un nuevo actor del mapa de poder. He aquí entonces una primera afirmación que inicia el hilo argumental de este libro: esta es la historia de una excepcionalidad.
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En 2005 realicé mi primera investigación sobre piqueteros. Fue una monografía para mi carrera universitaria sobre el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de San Francisco Solano, un grupo barrial de la zona sur del Conurbano bonaerense. Desde entonces, nunca dejé de estudiar a estas organizaciones (durante veinte de sus treinta años de vida). En estas dos décadas de trabajos de campo observé distintas aristas del fenómeno: estudié cómo se organizaban internamente; indagué si eran tan horizontales como algunos de sus dirigentes pregonaban; analicé cómo coexistían en ellas las distintas generaciones políticas (la de los activistas jóvenes con la de los militantes experimentados). También presté atención a cómo trataban las desigualdades de género y el lugar que les daban a los debates feministas. Más adelante estudié cómo interactuaban con el Estado, con los gobiernos y con los funcionarios de turno. Luego, para mi tesis doctoral, comparé dos organizaciones que habían elegido caminos distintos durante el kirchnerismo: el Frente Popular Darío Santillán, una importante organización de izquierda que fue opositora, y el Movimiento Evita que, enrolado en el peronismo, formó parte de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Más adelante me focalicé en un estudio de para brindar un análisis más exhaustivo, que tuvo por resultado el libro Historia del Movimiento Evita, publicado en 2019 por esta misma casa editorial. En el presente libro condenso todos estos años de investigación y las distintas dimensiones del fenómeno que vengo analizando, para res- ponder preguntas generales sobre su historia, su derrotero y su actualidad. Mi conocimiento sobre el mundo piquetero tiene una dimensión peculiar: durante varios años fui parte activa de una de estas organizaciones. Mientras estudiaba en la facultad, me incorporé a un pequeño agrupamiento de perfil autonomista de la zona norte del Conurbano bonaerense. Así, me convertí en un militante integral de esa causa. En esos años participé de las distintas actividades de la organización: asambleas, piquetes, acampes, panaderías comunitarias, merenderos, comedores, espacios de apoyo escolar, ámbitos de formación política y negociaciones prolongadas con los funcionarios de turno. Fueron años de un profundo compromiso político, en los que la militancia barrial absorbía la centralidad de mis horas y mis días.
Con el tiempo descubrí que esa experiencia personal resultaba también un insumo clave para la indagación sociológica. Mientras consolidaba mi perfil como investigador, buscaba entrecruzar mis experiencias personales con los datos empíricos sobre el mundo de las y los desocupados. Hace ya varios años que dejé de participar en las actividades barriales de esos grupos. La profesionalización académica, la crianza familiar y nuevos horizontes personales reperfilaron mi relación con el compromiso político. Mis transformaciones biográficas también se dieron al calor de los cambios en las estrategias del movimiento piquetero.
Durante la presidencia del Frente de Todos, en 2019, ocho militantes pertenecientes a cinco de estas organizaciones pasaron a ocupar bancas en la Cámara de Diputados del Congreso nacional. En función de mi afinidad con el sector Y de mi formación profesional, me propusieron ser asesor ad honorem en el despacho de dos de ellos. Acepté esa propuesta porque me permitía colaborar con la politización de los y las dirigentes sociales desde un rol más cercano a mi profesión. Pero también porque así podría conocer de primera mano la experiencia de referentes de movimientos sociales que pasaban a ser diputados. ¿Cómo serían sus agendas de trabajo en el Congreso? ¿Seguirían relacionados con sus barrios de origen? ¿Cómo iban a interactuar con el resto de los políticos profesionales que poblaban la Cámara de Diputados? ¿Cómo actuarían en caso de que el gobierno al cual pertenecían impulsara leyes con las que no estuvieran de acuerdo?
Analizar sociológicamente aquello que uno conoce «desde adentro» tiene ventajas, pero también conlleva riesgos2. En estos casos, el acceso privilegiado al campo de estudio puede combinarse con la dificultad para tomar una debida distancia analítica. Siempre reconocí este desafío, y por lo tanto busqué una objetividad en el análisis que no negara mi cercanía con el sector estudiado. Para ello, traté de evitar en mis trabajos académicos tanto el tono panfletario y celebratorio como los juicios condenatorios.
Por el contrario, en este libro muestro datos empíricos y propongo interpretaciones analíticas para dar cuenta de las complejidades que encierran las organizaciones estudiadas, antes que para criticar o elogiar sus estrategias. Por otra parte, si presento este recorrido biográfico no es por un afán autorreferencial, sino por un criterio de honestidad intelectual, y porque muestra los múltiples y poco frecuentes focos desde los, cuales observé a estas agrupaciones: desde adentro, en las calles, en sus dinámicas barriales y hasta en sus experiencias en la cúspide del poder; una mirada prismática que tiñe las páginas de este libro.
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Escribir sobre un sector que en algunos períodos fue tan estudiado -incluso por momentos, sobrenarrado-, implica otro enorme desafío.
Los análisis sobre el movimiento piquetero fueron uno de los principales focos de atención de la academia argentina entre finales de la década de 1990 y principios del siglo XXI. Esto no se circunscribe al plano local, ya que también académicos de otras partes del mundo llegaban al país intrigados por observar a la pléyade de organizaciones que emergían: asambleas vecinales en barrios de clases medias, fábricas recuperadas, viviendas ocupadas y organizaciones campesinas, entre otras, habían transformado a la Argentina en un verdadero laboratorio social a cielo abierto. Entre estas experiencias, los piqueteros eran quienes mayor atención concitaban. Se trata de un sector sobre el cual, principalmente desde la sociología y la antropología, se han concretado notables hallazgos. Es por ello que, al encarar este libro, además de realizar una inmersión profunda en la literatura sobre el tema, me entrevisté con colegas que lo han estudiado o que aún lo estudian, para contrastar mis argumentos con sus miradas.
Pero también es cierto que las agendas académicas suelen ser fluctuantes. Tras la normalización política y la relegitimación de las instituciones estatales acontecidas durante los gobiernos kirchneristas, los estudios sobre el mundo piquetero se eclipsaron de forma parcial: estudiarlos parecía «pasado de moda». Unos años más tarde, posiblemente desde que se consolidó la estrategia sindical de estos grupos y se instaló el concepto de «economía popular», volvieron a ser un foco de atención.
Es imposible abarcar en un libro todas las aristas de estas organizaciones. Las que aquí se estudian tienen múltiples rostros. No se estructuran de la misma manera en Jujuy que en la Ciudad de Buenos Aires; no interactúan con el sistema político de igual forma en Neuquén que en la provincia de Buenos Aires. Además, desarrollan iniciativas de lo más diversas: talleres de oficios, grupos de contención para mujeres víctimas de violencias, escuelas secundarias para jóvenes y adultos, ámbitos de cuidados de niños, niñas y personas mayores, cooperativas de producción y servicios, grupos de asistencia a personas con problemas de adicciones, etc. También a lo largo de los años crearon agrupaciones universitarias, conformaron grupos de estudiantes secundarios y fueron gravitantes en las luchas por los derechos de las mujeres y de las diversidades sexuales. En virtud de esta multiplicidad de aristas, es que resultó indispensable delimitar los aspectos a investigar. Por lo tanto, este libro no aborda todas las facetas de las organizaciones de desocupados, ni es un estudio de casos sobre cada una de ellas. Se trata, en cambio, de un análisis general sobre las relaciones que estos grupos establecieron con el Estado, con los gobiernos y con el sistema político. En los capítulos que siguen se indaga, sobre la base de la literatura académica y de mi trabajo de campo, de qué manera estas organizaciones desplegaron sus estrategias; qué dilemas enfrentaron; cómo fueron variando sus interacciones con el Estado y con los gobiernos; y cómo esos procesos se combinaron, hasta convertirlas en un nuevo y relevante actor del mapa de poder del país.
El foco está puesto en la incidencia nacional de estos grupos, aunque por razones metodológicas los casos abordados en profundidad en el terreno corresponden al Área Metropolitana de Buenos Aires.
Para apuntar a esta mirada global del sector se prestó atención a algunas de las organizaciones más importantes con presencia nacional, incluyendo a grupos de las tres principales vertientes ideológicas del mundo piquetero: los nacional-populares, los marxistas y los autonomistas.
También se tuvo en cuenta tanto a los que fueron oficialistas y asumieron cargos en los gobiernos, como a opositores, es decir, a los que siempre se mantuvieron «por fuera» del Estado. Algunas de las agrupaciones del sector dejaron ya de referenciarse en los «trabajadores desocupados”y eligen reconocerse como «trabajadores y trabajadoras de la economía popular»; otras siguen eligiendo la fórmula «movimientos sociales» y algunas optaron por «movimientos populares», que consideran de mayor densidad política. En rigor, los grupos analizados son organizaciones que pertenecen al movimiento piquetero o se originaron en él, o que pueden pensarse como parte de un movimiento de trabajadores desocupados o informales. Por una cuestión de economía conceptual, sintetizo estas experiencias en los conceptos de «organizaciones sociales de desocupados» u «organizaciones de trabajadores informales».
Pero una de las ideas que se desarrollan aquí es precisamente que estas organizaciones trascendieron el plano social y se convirtieron en actores «todoterreno».
Un nuevo actor social y político
A lo largo de este libro se brindan datos que permiten entender la excepcionalidad que implicaron estas organizaciones de la Argentina, a partir de dos argumentos principales. El primer argumento indica que hubo cuatro factores que contribuyeron a la consolidación de este actor. Los identifico como factores estructurales, político-institucionales, socioculturales y organizativos.
Los factores estructurales se relacionan con las transformaciones del mercado de trabajo y la fragmentación de la clase trabajadora argentina.
El proceso de heterogeneización de las clases populares, intensificado por y desde las políticas económicas de la última dictadura militar, tuvo por resultado la emergencia de distintos subtipos dentro del mundo de los trabajadores, como los precarizados, los informales, quienes subsistían sobre la base de planes sociales o de empleos eventuales, etc. Esto fue consolidando una porción significativa de trabajadoras y trabajadores imposibilitados de acceder al empleo formal tanto en el sector público como en el privado, y por lo tanto en disponibilidad para ser incorporados a las organizaciones de desocupados/informales.
El segundo factor es de orden político-institucional. Me refiero a la apertura del sistema político a sus demandas. En períodos en los que las élites gobernantes se mostraban abiertas a negociar con los piqueteros y accedían a sus reclamos, estas organizaciones obtuvieron conquistas relevantes que les sirvieron de amparo, y a partir de las cuales consolidaron sus emprendimientos barriales y brindaron contención material a sus integrantes. Sin embargo -y como se verá más adelante- esa apertura no se explica solo por la afinidad ideológica con el gobierno de turno.
El tercer factor, de orden sociocultural, se vincula con lo que algunas de las mejores plumas académicas de la Argentina han destacado como una sociedad difícil de gobernar, caracterizada por su perfil igualitarista. Guillermo O’Donnell expresó, en un notable ensayo titulado «¿Ya mí, qué mierda me importa?», que, a diferencia de Brasil, «Argentina tiene, en casi cualquier oportunidad que se presenta, una actitud más igualitarista (o, más precisamente, equiparadora) de las distancias sociales» (1997:5). Ya en 1970, Gino Germani sostenía que «la Argentina que emergió del proceso de inmigración masiva, y de movilidad social no menos masiva, es una sociedad esencialmente igualitaria, cualesquiera que sean las diferencias en el orden de los ingresos, la educación, y otras dimensiones de la estratificación» (2010 [1970]: 237). Asimismo, Juan Carlos Torre (2025) coincidió en remarcar el «impulso igualitario» de la sociedad argentina. Considero que esta característica ha sido un elemento clave que explica en parte la renuencia de los sectores populares a disciplinarse durante períodos de crisis o de desempleo.
Este factor resulta vital para entender la tendencia a la organización comunitaria y a la acción colectiva que se observó en amplias franjas de la clase trabajadora, que experimentaban la desocupación sostenida en el tiempo. Sin esa pulsión cuestionadora, quizá las y los desocupados hubieran aceptado con mayor disciplinamiento su condición, o hubieran apelado a estrategias menos disruptivas y más individuales para sobrellevarla. Además, sin la tradición asociativa barrial que existía ya en las periferias urbanas, posiblemente el movimiento piquetero no hubiera mostrado semejante vitalidad y permanencia en el tiempo. Por otra parte, en el imaginario de las y los desocupados seguramente también influyó la memoria histórica de la sociedad salarial (Castel, 1997) que caracterizó a la Argentina del siglo XX, y el peso de su tradición sindical sirvió de marco de referencia para las expectativas de sus acciones colectivas.
El cuarto factor, de orden organizativo, está asociado a la agencia de ciertos actores en particular, que fueron centrales para politizar, conducir y desarrollar las estrategias de estas agrupaciones. Me refiero al trabajo militante cotidiano de dirigentes, referentes y cuadros medios del movimiento piquetero de la Argentina. En muchos casos se trató de personas que portaban una larga trayectoria de luchas y que encontraron en el movimiento de desocupados una oportunidad para canalizar sus energías militantes. La acción personal de estas y estos dirigentes fue clave, tanto en el surgimiento como en el sostenimiento en el tiempo de las organizaciones, así como en el desarrollo de sus estrategias políticas.
El segundo argumento para comprender la excepcionalidad del movimiento piquetero se refiere a que estas organizaciones lograron transformarse en un nuevo actor consolidado, sobre la base de lo que denomino un giro neocorporativo en su estrategia de poder, a partir del cual devinieron actores «integrados» al sistema político. En este giro, los anhelos originales de ruptura con el sistema quedaron en segundo plano, y en cambio se priorizó una estrategia de representación ante el poder político, de corte sindical, de un sector de la clase trabajadora. En parte posiblemente debido a la relegitimación de las instituciones estatales acontecida durante los gobiernos kirchneristas, las y los líderes de estas organizaciones fueron virando hacia una estrategia más pragmática de acumulación de poder, en un intento por emular el derrotero del sindicalismo clásico de nuestro país. Las organizaciones de desocupados buscaron con ello encarnar la representación de un nuevo sector de la clase trabajadora: el de los trabajadores desocupados e informales, que no encontraban lugar en el mundo del empleo formal ni, por ende, en sus tradicionales estructuras sindicales.
Sostengo que este giro estratégico se apoyó en tres tácticas: en la movilización callejera como principal herramienta de presión hacia el sistema político; en la creación de potentes estructuras organizativas en los barrios populares, apuntaladas -no única pero principalmente- con los recursos estatales; y en la interacción con las élites del mundo político, lo que en algunos casos incluyó también la incorporación de algunos de los grupos de desocupados a las estructuras político-partidarias, en especial, del peronismo.
Esta traslación de su estrategia de poder se dio en conexión con el segundo factor señalado en el primer argumento, el político-institucional: la apertura de las élites gobernantes a negociar con los grupos piqueteros y a incorporar sus demandas. Tanto los colectivos movilizados como las autoridades gubernamentales interpretaron, entonces, un libreto de resistencias e integraciones, por decirlo con las palabras de Daniel James (2010), de claras resonancias con la historia de las luchas sindicales y con la tradición corporativista de nuestro país. Así, los gobiernos optaron por negociar con los piqueteros y estos pusieron sobre la mesa de negociación su capacidad de ofrecer «paz social» y gobernabilidad. Es por ello que, conforme estas organizaciones fueron creciendo, se volvieron recurrentes las analogías con los sindicatos tradicionales. Algunas dirigentes sociales decían representar a los «descamisados del siglo XXI»3; hubo periodistas que vieron en estas agrupaciones a «la nueva columna vertebral» del movimiento obrero (Álvarez Rey, 2019), en ambos casos en claras alusiones a la relación entre el peronismo y el mundo del trabajo en el siglo XX.
Sin embargo, que hayan emulado algunas estrategias de los sindicatos tradicionales no equivale a que alcanzaran su mismo estatuto. Por el contrario, y como veremos en el último capítulo, estas organizaciones sociales dependieron demasiado de su casi único interlocutor (el Estado) y de su principal método de presión (la movilización callejera), y ambas herramientas entraron en crisis con la llegada de Javier Milei al poder.
En las páginas que siguen se corre el telón para adentrarnos en las complejidades de un sector único y difícil de clasificar. Nos sumergimos en una historia plagada de dilemas, ambigüedades y contradicciones. En organizaciones que, nacidas desde abajo, llegaron a altos círculos estatales. Se hicieron fuertes en las movilizaciones, pero también crearon estructuras de poder territorial. Llegaron a controlar barrios, crear fábricas y escuelas, y formar políticamente a miles de militantes. Supieron ganar espacios en gobiernos afines y también negociar con gobiernos adversos. Incluso implementaron políticas públicas en sus propias manos y colocaron a sus líderes en sillones de funcionarios. Pero también sufrieron embates y por momentos fueron señaladas como enemigos públicos por una parte de la sociedad que demandaba orden y el cese de los cortes de calles. Finalmente, encontraron en el gobierno de Javier Milei un desafío histórico, que amenaza con cortar el lazo que las une al mundo popular. Nos adentramos en una historia sinuosa y repleta de paradojas, que muestra el camino hacia la conformación de un nuevo actor, protagonista de la vida pública argentina. Conocer este camino es fundamental para entender hacia dónde van y qué se puede esperar de este actor en la actual etapa política y en el futuro.
*Este es el prólogo del libro «Historia del movimiento Piquetero. Las organizaciones de desocupados en la Argentina, de Menem a Milei» Longa, F. (2026) Editorial Siglo XXI
Francisco Longa es Sociólogo, Doctor en Ciencias Sociales e investigador del CONICET.
Notas
- Clarín, «Los piquetes son hechos del pasado. No se puede secuestrar la calle», Youtube, 1 de noviembre de 2024. ↩︎
- Hay importantes antecedentes de investigadores implicados en los procesos que estudian, como el trabajo sobre el Partido Socialista Francés del militante de dicho espacio y politólogo Rémi Lefebvre (2011) o los estudios sobre músicos de jazz de Robert Faulkner y Howard Becker (2008), sociólogos y también músicos profesionales.
↩︎ - Natalia Zaracho [Naty_Zaracho]: «Somos los descamisados del siglo 21 que se atreven a soñar un país distinto, una patria más justa, un futuro que sea de todos, todas y no solo de ellos. Queremos nuestra voz en el Congreso #DiputadaCartonera #EsHoraDeAvanzar», X, 22 de julio de 2021.
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