El sparring es una práctica de entrenamiento en boxeo que consiste en simular un combate real con un compañero. Así, el Boxeador se perfecciona, entiende la distancia y gana timing. Aquí, empleo la imagen como metáfora del trabajo crítico que realiza Ramón Doll contra la intelectualidad argentina.
Ramón Doll (1896-1970) es una rara avis en el pensamiento nacional: abogado, periodista, ensayista y crítico literario. Su escritura fue una herramienta de intervención ideológica. Militó en el socialismo y luego viró hacia el fascismo, revelando una inquietud constante, una búsqueda inacabada que hoy muchos juzgan desde posiciones académicas inamovibles, más interesadas en etiquetar que en comprender.
Hay un gesto, que nos parece importante resaltar y es el de la escritura como campo de batalla de las ideas, como un trabajo que se realiza de leer a los contemporáneos, y ver en sus trabajos tanto literarios como ensayísticos las ideologías que se sostienen intrínsecamente. Esta es una actitud que habría que volver a retomar. Porque en nuestro tiempo nadie le importa nada lo que dice un pensador, un intelectual, o algunos profesores sino que los políticos tomaron el centro y ya sabemos cómo nos va.
¿Contra qué peleaba Doll? Una cita lo sintetiza:
la historiografía liberal mitrista, el enjuiciamiento a la mentalidad colonial de los intelectuales, la exposición del carácter reaccionario y antinacional de los grandes medios de prensa; los cuestionamientos al rol perturbador del poder judicial, y una descarnada crítica a los escritores que ocuparon el más alto sitial de la superestructura cultural argentina, son algunos de los problemas. (Mele, 2018)
Su intento era develar el poder real en los escritos, lo que hay detrás.
Esta forma de batallar contra esas ideas o guerra total contra poderosos, le cerraron varias puertas, porque es el problema del hombre que se queda hablando sólo en el desierto (como le pasó a Nietzsche). Sus trabajos de crítica cultural, de pelea constante durante varios años contra los tótems de la cultura y su viraje hacia el fascismo, lo dejaron como inquilino en el olvido.
Pelear contra obras canonizadas, y sus autores, como por ejemplo Don segundo sombra, donde dice «es el gaucho visto desde los ojos de los hijos de los estancieros». U otra, la lucha contra Raúl Scalabrini Ortiz, diciendo que su libro El hombre que está solo y espera es «la biblia para el zonsaje».
Las batallas que da Doll contra la literatura oficial, las da porque para él ahí había una sumisión y dejaba marcada el rol de los intelectuales:
La historia de la inteligencia argentina es la historia de la abdicación, del ausentismo, del egoísmo, y del anti argentinismo. El país se forma, evoluciona… pero la inteligencia argentina da las espaldas a la realidad y al pueblo, a la tierra y a la nación. (Mele, 2018)
Los trabajos de Doll lo que hacen es dejar en claro que en los textos existe ideología. Se trafican ideas. En 1934, en su libro El liberalismo en literatura argentina y la política, muestra el hiato entre los literatos y el pueblo. Para ello dice que esto no puede entenderse sin un revisionismo de la historia. Rastrea en el siglo XlX las raíces de este problema, el cual dice que la pugna entre unitarios y federales ya se da en la dicotomía inteligencia-pueblo, y este duelo representa dos modos de concebir la nación. Según Doll, los unitarios fueron «niños malcriados», donde sentían una antipatía contra el pueblo, llamando «bárbaros» a los federales.

Doll publicó pocos libros en un breve periodo —1929 y 1934—, luego sólo se limitó a escribir en revistas y prologar libros de amigos. Casi en el fin de sus días, la editorial Peña Lillo publicó Lugones, el político y otros ensayos, donde se reúnen muchos de los mejores trabajos sobre sus polémicas y otros temas. Nunca más fue reeditado. Doll pasó sus últimos años en un ostracismo autoimpuesto. Como los griegos condenaban a los ciudadanos que consideraban peligrosos al exilio en el desierto. El final de Doll se puede reflejar en la frase: «Aquí no vive ningún Ramón Doll». Donde infinidad de estudiantes o periodistas lo buscaban para saber qué pensaba, qué estaba escribiendo, o para saber su opinión sobre diversos temas, él escogió el silencio.
¿Cómo un escritor que buscó tanto la polémica, con una mente tan inquieta, termina convertido en un hombre de misa diaria? Así fue su vida final, nos cuenta Galasso, replegado en su biblioteca, en su vida privada, en sus visitas a la iglesia, por su necesidad de Dios. Nombrado y etiquetado por intelectuales como «nazi», y luego ignorado por todos los nacionalistas. Esta especie de cancelación también se debió a sus ataques a «los niños mimados» de la factoría: Borges, Guiraldes, Groussac, etc. Fue al Olimpo de los dioses y los expulsó como hizo Cristo con los mercaderes del templo.
Ring Side
Cuando yo llegue a la vida literaria —1927— me encontré con que la crítica asumía, antes ciertos desbordes y desorbitaciones de la llamada “nueva generación”, una extraña actitud, diría “apaisanada”, por lo tiesa, temerosa de opinar.
Doll veía algo sagrado e iba a presentar batalla, sin importar los costos de sus críticas. Él nombró su trabajo como «una tarea de higiene intelectual». Iba tras los animales sagrados de la vida literaria del momento, y a cada uno los sometía a una crítica puntillosa. Su trabajo era leer a los que las revistas culturales edificaban un podio. Eran épocas de discusión literaria, donde se formaban bandos de escritores, de estéticas, pensando en y por la literatura. Los bandos de entonces eran los de «Florida y Boedo»; la popular, de barrio, era la de Boedo, una literatura de fábrica como la denominó Doll. Y la de Florida, la de vanguardias y la «Inteligenzzia europeizada» como bandera, predicadores del arte por el arte, e insensibles a la injusticia social.
Versus Ricardo Güiraldes
Uno de los primeros match o combates que recuerda Galasso en su biografía sobre Doll, es contra Ricardo Güiraldes. Para poner en contexto, en los años treinta se hacía hincapié en la literatura gauchesca como género representante del ser nacional; en esos años aparece un texto de Jorge Luís Borges: El escritor argentino y la tradición, donde se declara una guerra. Entre los temas que propone este ensayo, se encuentra el de desmarcarse de las acusaciones que hace Doll que acusa a los autores argentinos de no escribir textos argentinos. Borges le responde diciendo que su literatura no es argentina ni mejor por elegir hablar de alpargatas y chiripás, sino que su tradición es la que él elija, que es la civilización occidental toda. Otra de las ideas que deja este ensayo de Borges, es que la literatura gauchesca es una ficción como cualquier otra, y que si los escritores buscan hablar, en una lengua popular, es pura impostura, así no hablan los gauchos. Entre esa propuesta es que Doll, antes de pedir la pelea para el campeonato a Borges, comienza con Guiraldes[1]. Doll se concentra en su obra Don segundo Sombra, donde señala la raíz clasista de la obra, y pone el ejemplo del Martín Fierro de José Hernández, donde dice que es el «poema de una clase», y el Gaucho de Güiraldes es
tal como lo ve el hijo de la familiar que va al campo, se endosa bombachas, enlaza, doma y quizás, para identificarse más costumbres afines, hace tender su recado con la sirvienta en el corredor de la estancia…es el gaucho que siempre han visto los hijos de los estancieros en las peonadas que trabajan en sus propiedades….El hijo del estanciero pretende idealizar al gaucho mostrándolo como un centauro de la pampa: estoico, discreto, sin alarde, trabajador sin fatiga, dueño de toda clase de habilidades (Gallaso, pág. 1976)
Idealizando al gaucho, fabricando un gaucho, presentándolo como una figura distintiva, llenándolo de atributos que no tenía, y además encubriendo lo que sí era el gaucho: «amargado, aplastado, sometido al yugo de los trabajos rurales». Cobrando muy poco y trabajando de sol a sol. Un hombre explotado. Esta «idea de gaucho», dice Doll, vendidos como una especie de mezcla entre súper héroe y sabios, que llevan una vida asociada con su suelo, que saben leyendas, pero en realidad
la triste experiencia del trabajador criollo, embrutecido en los trabajos del campo sin ninguna conciencia de su capacidad como fuerza social, que colabora en la valorización de las haciendas y los campos mediante salarios de hambre mientras el patrón mira crecer los terneros y amanece cada mañana más rico. (Doll, 1935)
Además, otro aspecto que resalta en su crítica es la forma y el uso de la lengua en que está escrito el libro, donde dice que esa lengua no es pampeana (buscar la voz del gaucho), sino que es la lengua de «nuestra aristocracia vacuna, que no vive ni vivió en el campo». Lo que hace es volver a pensarlo en las coordenadas que publicitó Sarmiento como metro. Donde decía que la Aristocracia hacía una literatura civilizada, y el resto del país era la barbarie.
Sin embargo, no es «toda una generación», sostiene Doll, como los Mallea, los Borges y tanto otros que adormecen sus protestas para conformarse con el éxito que daban ciertos salones literarios; sino que existen escritores, como Roberto Arlt, que continuarán escribiendo libros que son un «verdadero cross a la mandíbula». Al que se le suman otros como José Porogalo, que enviará «al carajo a todas las parábolas bellas»; y que son consecuentes en su lucha por construir una cultura. El costo de esta labor, tanto para el trabajo de Ramón Doll como para el de otros dos críticos como Armando Cascella y José Gabriel, fue el de haber sido aniquilados en vida, convertidos en «malditos» —como los calificó luego Jauretche—, expurgados minuciosamente de toda antología, historia de literatura o del periodismo, por ese delito de no bajar la cabeza ante los poderosos.
Versus Scalabrini Ortiz
Otro de los trabajos críticos que realiza Doll es a la obra de Raúl Scalabrini Ortiz (1889-1959), ensayista argentino que fue mutando en su estilo de escritura, primero en la lírica y luego como ensayista. Doll trabaja en la obra que había alcanzado un notable prestigio en la época: El hombre que está solo y espera. Doll enjuicia el libro y lo tilda de «romanticón», pura «sensiblería» lo llama, aspectos que nublan el buen juicio y dice: «Debió intentar llegar al Hombre por medio de la inteligencia y la razón». El hombre que describe Scalabrini es el hombre de Corrientes y Esmeralda:
es un pobre mozo sin vida interior alguna, de una vaciedad espiritual casi polar y que de tan vacío, se aburre y de tan aburrido, se entristece y de tan triste se va al café y allí, en el café, sigue bostezando frente a dos o tres marmotas, tan vacíos y tan… tristes como él sentencia, que para él en los café no se aprende nada.(Galasso 1989, p. 56)
Doll nos recuerda a Platón, quien pensaba similar de los poetas. Para Platón, estos sensibilizan a los hombres valerosos haciendo de ellos peores guerreros[2].
Doll vuelve a criticar el estilo de la obra cuando reflexiona sobre la soledad, que dice que es algo común a los hombres que viven en la ciudad moderna. Calificó al libro como una «biblia para al zonsaje», sin comprender que más allá de sus limitaciones técnicas era una búsqueda por revelar cómo es la sociedad argentina, exploración que el mismo Doll ha planteado como tarea prioritaria. Tampoco repara en que la obra está impregnada de una óptica argentina —ver al porteño desde aquí y no desde Europa— y expresa esa necesidad de patria, en el hijo del inmigrante que no halla, ni en su clase, ni en su formación cultural, la posibilidad de arraigo e identidad. Siendo pocos es que no hay que dispararle a los pares, a los que tienen búsquedas similares, esa es la lección.
El desenlace de esta crítica fue un duelo, sí. Galasso copia textual el artículo periodístico donde se cuenta el desenlace de esa «disputa estética»” entre —como los menciona el periodista de la nota— el gordo Doll y el Petiso Scalabrini:
En la quinta de la familia Delcasse hay un extraño movimiento esa mañana del 29 de marzo de 1933… En los jardines de la casa ya están frente a frente los contendientes. Uno, el más bajo, es Raúl Scalabrini Ortiz… El otro, más grueso, es Ramón Doll, crítico y periodista, conocido y temido por sus artículos, tanto que ya han caído bajo su corrosiva óptica varios de los más notables escritores argentinos… En el tercer asalto, el director del lance da la voz de ¡Alto!, por estar herido el señor Doll —herida punzante en el antebrazo derecho— dándose por terminado el lance en razón de no estar el señor Doll en condiciones de proseguirlo… Invitados los duelistas a reconciliarse, así lo hacen. (Galasso, 1989, p.42)
La pelea por el cinturón, Jorge Luis Borges
Doll, al criticar a Jorge Luis Borges, arremete contra la nueva generación. Su trabajo no apunta a las opiniones políticas del autor, ni siguiera al contenido de su literatura, sino que se ocupa estrictamente de su aspecto formal para señalar el abandono de Borges de los temas de la Literatura Nacional, antes de haber comenzado casi. Afirma Doll que la prosa de Borges es «antiargentina»:
Primero, por su carencia de tono afectivo, porque quien, como él prefiere helarse las entrañas y la cabeza antes de correr el riesgo de dejar adivinar sus emociones en un lugar común o una frase demasiado suelta, podrá tener de los buenos escritores europeos ilustres influencias, pero jamás dejará escrita una página argentina con sus vicios, pero con sus encantos. Toda su expresión frígida. (Galasso, 1989, p. 51)
Para Doll, Borges reproduce el camino de Groussac[3] a partir del cual «nuestras letras comienzan a desconectarse del país». Borges comienza su conversión, elige bando. Si en literatura Florida y Boedo fue la escala de la Civilización o Barbarie en las letras, Doll nota este cambio en Borges: «es un argentino que había nacido para abandonarse a su fino sentido intuitivo, adivinatorio, poético y que en cambio, se deforma en artículo literario, se adultera a sí mismo, envasa en conserva sus pasiones presentándose en un decir castigado y oneroso». Además de esa incomunicación, la prosa borgiana
manifiesta un firme propósito de irritar a los argentinos con el excesivo cuidado en la propiedad del lenguaje (purismo), con la preocupación de cargar demasiada intención en las palabras (conceptismo) y con el pasatiempo de las sorpresas verbales (preciosismo)… Cualquier argentino prefiere que se diga ”falta de curiosidad” a ”incuriosidad”.
Doll profundiza su crítica a las limitaciones, la desconexión tan evidente de la literatura borgiana con la realidad social en que aparece. Borges pertenece al grupo de Florida, lo que su crítica no cuestiona por el camino sociológico donde hubiese encontrado más vetas —la abuela inglesa, el padre profesor de literatura inglesa, la niñez en Ginebra, sus amistades, etc—. Doll sigue argumentando:«Borges sostiene que usar, por ejemplo, palabras como «único «,»nunca «, «siempre «, es pobreza del escritor, por enfáticas y porque suponen, en quien las emplea, facultades que no posee, como la de adivinar el porvenir…».Aquí hay tinta y nada más que tinta, dice Doll, «no hay sangre»[4]. Es una literatura de un hombre no inmerso en la vida: sino protegido de niño por la alta verja y la biblioteca con libros ingleses, alejado luego en prolongados viajes por Europa, rodeado de libros exóticos, embelesado en el recuerdo de antepasados unitarios y separado de los vientos de la calle por el bienestar económico de su familia y la muralla materna (Doll, 1934, p. 32).
Este trabajo de Doll, como ya mencionamos, es sobre un solo texto de Borges: El escritor argentino y la tradición,del libro Discusión. Ahí, Borges plantea «la emancipación», una especie de llamado al nomadismo, de no pertenecer a ninguna tradición. Borges se pregunta si para ser argentino tenemos que elegir temas argentinos, «de orillas y distancias». Su investigación se centra en la poesía gauchesca, donde analiza sus autores y obras. Como el El Fausto de Estanislao del Campo, Santos Vega de Ascasubi y el Martín Fierro de José Hernández, canonizado por Lugones como la «Biblia argentina», a lo que Borges dice que si hubiera canonizado el Facundo de Sarmiento, otro sería nuestro destino. Para Borges, «la gauchesca», es un tema como cualquier otro. Porque los escritores simulan una voz que no es la real. Dice que, así, no piensa ni habla el gauchaje. Pero es ahí donde su literatura va mutando y Borges va escribiendo sobre millones de temas, sobre lo universal, dejando lo particular.
Borges critica eso de buscar tema también en la tradición en española, lo cual recuerda que Argentina siempre se quiso despegar de España. La literatura española, es una literatura robusta, para tácticas, en su opinión. Comenta una experiencia personal como argumento irrefutable, pues dice que le presta a amigos libros españoles e ingleses, y dice que los ingleses son más disfrutables, por no tener esa prosa engorrosa, llena de palabras que redundan, que necesitan para él de una formación previa o una especie de mapa de lectura, por contexto, uso de la lengua, etc. En cambio, los textos escritos en inglés son textos más secos, prácticos, entendibles, si se quiere. Borges termina su texto desmarcándose de lo argentino y comienza su etapa universal, lo que Doll siempre marcó:
Por eso repito que no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas, y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque o ser argentino es una fatalidad, y en ese caso los seremos de cualquier modo, o ser argentino, es una mera afectación, una máscara.
Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama la creación artística, seremos argentinos y seremos, también, buenos o tolerables escritores. (Borges, 1932, p. 168)

Tarjetas, o conclusión
Doll fue un crítico sagaz. Son muchos los enfrentamientos que tuvo y que dejó plasmados en su obra. Podríamos nombrar el trabajo que hace sobre Sarmiento, al que llamó «Zar-miento» en su libro Las mentiras de Sarmiento, o el trabajo que realiza sobre Lugones, en su Lugones el apolítico, entre otros. En todos sus trabajos sostiene que su generación intenta dar respuesta a los grandes temas de la Argentina real: «Nuestra generación es la primera en la historia argentina que ha hecho un esfuerzo americano y nacionalista por definirse, encontrarse».
Doll, como un Sócrates rioplatense, también era una especie de «tábano» que molestaba a la intelectualidad argentina, que con su aguijón ponía los temas centrales en discusión. Los textos sobre Guiraldes, Scalabrini y Borges que mencionamos reflejan el poder de sus lecturas. A Guiraldes lo señaló como un escritor de la élite, a Scalabrini le recomendó que no pierda tiempo en poéticas pérdidas de tiempo y se dedique a lo que es bueno; y a Borges lo acusó de traidor por dejar el temario argentino como tema de escrituras.
La propuesta de quien escribe estas líneas es recuperar ese gesto: leer críticamente a nuestros contemporáneos. Hacer un nuevo mapeo de la intelectualidad argentina, identificar los silencios, las exclusiones, los consensos. Porque, como Doll, es necesario señalar la ideología que se esconde tras los elogios académicos o el prestigio mediático.
Volver a hacer un mapeo de la intelectualidad argentina actualizado.Sí pensamos en esa dicotomía entre Florida y Boedo, que varios críticos quisieron salvar diciendo: «Flor-edo» haciendo una especie de mixtura entre los términos, queriendo rescatar el trabajo de ambos bandos, pero la cosa es que los trabajos de los escritores de Boedo quedaron casi en el olvido. No tuvieron lugar ni reediciones, ni menciones. Esa literatura de denuncia social, suplantada por el triunfo de una estética más refinada y amiga de las ideas y el buen uso del lenguaje.
Doll, en Policía intelectual, ha descubierto la negativa de la intelectualidad argentina a elaborar cultura con las anécdotas, sentimientos y conflictos de la realidad argentina. Las obras aplaudidas por la gran prensa y prestigiadas por las academias, dejan de lado muchos textos, y con ellos, vidas. Como lo fue la obra de Doll, quien luchó contra una inferioridad impuesta y el exaltamiento de obras que vienen del exterior, lo que, después de todo, es pelear contra esa mentalidad colonial que se también se nos impone.
*Ezequiel González es Profesor de Filosofía y Especialista en Metodología de la Investigación científica por la Universidad Nacional de Lanús
[1] Ricardo Güiraldes (1886 Buenos Aires – 1927 Paris); novelista y poeta argentino. Güiraldes formó parte del movimiento de vanguardia que se gestó en los años veinte, y eso se refleja en su colaboración en publicaciones como Martín Fierro y Proa. A palabras de Doll su obra: “resulta nacionalismo oligárquico y por tanto desdeñable”.
[2] En el libro de “La República”, es donde centra sus críticas a los poetas, donde los incrimina por no decir la verdad y manipularla. Donde encomienda su expulsión de la polis (en el libro X).
[3] Paul Groussac, escritor y crítico francés que dirigió por 34 años la Biblioteca Nacional.
[4] Recordemos la frase nietzscheana en su De todo lo escrito yo solo amo aquello que alguien escribe con su sangre. Esta frase aparece en el capítulo VII de su libro Así habló Zaratustra.
Bibliografía
– Borges, Jorge Luis. (1932). Discusión. Emece.
– Doll, Ramón. (1934). Liberalismo en la literatura y política. Editorial Claridad.
– Doll, Ramón. (1972). Lugones, el apolítico y otros ensayos. Peña Lillo editor.
– Galasso, Norberto. (1989). Ramón Doll: Socialismo o fascismo. Centro Editor de América Latina.
– Mele, Marcos. (2018). Ramón Doll y Su Obra. Revista Viento Sur. https://vientosur.unla.edu.ar/index.php/ramon-doll-y-su-obra/
Cómo citar este artículo: González, E. (08 de mayo del 2026). Sparring Doll. O el sparring literario de Ramón Doll. Investigación en Movimiento. Recuperado el [incluir fecha de consulta]. https://investigacionenmovimiento.unla.edu.ar/sparring-doll-o-el-sparring-literario-de-ramon-doll/