Investigación en movimiento

¿Para qué estudiar una carrera universitaria? Algunas reflexiones en tiempos de escepticismo.

Partimos de una combinación compleja: por un lado, gran parte de la información es accesible con un puñado de palabras clave y un clic; por otro, las nuevas tecnologías y las aplicaciones que se valen de inteligencia artificial prometen soluciones inmediatas a muchos de nuestros problemas cotidianos. En paralelo, asistimos a un recrudecimiento inédito de la precarización laboral y a nuevas reglas con altos niveles de flexibilización para quienes consiguen empleo vía aplicaciones regidas por la oferta y la demanda. Ante este panorama, no parece tan descabellado que surja la pregunta: ¿para qué estudiar una carrera universitaria? ¿Para qué dedicar un mínimo de cuatro años en estudiar una disciplina? No es casual que en las últimas semanas haya vuelto a ser —una vez más— tema de discusión en las redes sociales el supuesto valor actual de obtener un título, contrastado con una movilidad social ascendente que, al parecer, ya no se deja ver tan fácilmente.

Frente a este dilema aparentemente irresoluble, cabe hacer un ejercicio de contrapeso: desviar la mirada del resultado inmediato —el título— para enfocarla en el proceso mismo de formación. Más allá de la utilidad instrumental, la experiencia universitaria conserva un valor profundo y multidimensional que se despliega en varios ámbitos esenciales tanto para el individuo como para la comunidad. Lejos de ser un mero trámite, este proceso se revela, en última instancia, como un espacio fundamental para el desarrollo del pensamiento crítico y un acto de resistencia cultural frente a la lógica de la transacción pura y la recompensa inmediata. Veamos por qué.

Desarrollo humano e impacto social

El motivo —a mi juicio— primordial para estudiar una carrera universitaria de grado está intrínsecamente ligado al desarrollo humano. Las Universidades Públicas, como instituciones educativas, son pilares fundamentales en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de un país1, el cual evalúa el progreso basándose en dimensiones clave como la salud, la educación y los ingresos.

A través de la formación de profesionales, las universidades contribuyen de manera decisiva no solo al brindar acceso a la educación superior, sino también al mejorar la calidad del capital humano y, con ello, a abrir paso a transformaciones sociales positivas: cuando el nivel educativo general de la población se eleva, se incrementan las competencias profesionales, lo que a su vez mejora las oportunidades laborales y los ingresos base de cada ámbito. Este avance impacta directamente en el consumo interno y activa otros mecanismos económicos y sociales que, en última instancia, benefician a la sociedad en su conjunto y contribuyen al desarrollo del país.

Visto así, en primera instancia, estudiar una carrera no solo mejora la calidad de vida individual mediante eventuales mejores ingresos y posibilidades laborales, sino que también enriquece la matriz productiva y el tejido social de una nación.

La construcción de redes

Más allá de la adquisición de conocimiento disciplinar, la Universidad Pública constituye un terreno fértil para la construcción de redes de contacto —el llamado networking—, un aspecto crucial tanto para el desarrollo profesional como para el crecimiento personal. Este entramado relacional facilita la circulación de información, de conocimientos y, sobre todo, de oportunidades que suelen ser decisivas para crecer profesionalmente o bien para impulsar un emprendimiento. La conocida frase «contactos mata currículum» refleja con crudeza una realidad del mercado laboral: muchas de las posiciones más relevantes nunca se publican abiertamente, y acceder a ellas depende con frecuencia de una recomendación o de un vínculo de confianza preexistente.

la vida universitaria es, ante todo, un espacio de socialización donde podemos potencialmente forjar amistades con personas con las que compartimos intereses, ambiciones y cosmovisiones afines. Esta dimensión comunitaria, sustentada en la convivencia, el debate y la colaboración, nutre un sentido de pertenencia que también resulta fundamental para el bienestar emocional y la calidad de vida.

Sin embargo, reducir este aspecto a un mero utilitarismo laboral sería perder de vista que la vida universitaria es, ante todo, un espacio de socialización donde podemos potencialmente forjar amistades con personas con las que compartimos intereses, ambiciones y cosmovisiones afines. Esta dimensión comunitaria, sustentada en la convivencia, el debate y la colaboración, nutre un sentido de pertenencia que también resulta fundamental para el bienestar emocional y la calidad de vida. En un mundo cada vez más digitalizado y fragmentado, este capital social —construido en la cotidianidad compartida con el otro—, adquiere un valor que merece ser considerado con seriedad al ponderar el verdadero alcance del hecho de poder ser parte de la Universidad Pública.

La universidad como laboratorio

Otro valor singular e irreemplazable de la trayectoria universitaria radica en su capacidad para funcionar como un auténtico laboratorio. Aunque esto parezca obvio, las aulas son entornos relativamente controlados en los que se permite a los estudiantes experimentar, ensayar roles y, fundamentalmente, equivocarse sin enfrentar consecuencias irreversibles más allá de tener que enfrentar la re-entrega de un trabajo práctico en instancia de recuperatorio o, en el peor de los casos, recursar una asignatura. A diferencia del mundo laboral, donde un error puede acarrear desde pérdidas económicas a deteriorar relaciones profesionales o incluso dañar la reputación propia, la universidad ofrece un espacio seguro para aprender a gestionar desacuerdos, pedir ayuda, delegar tareas y reconocer las propias limitaciones dentro de un marco formativo.

Este proceso se complementa y enriquece con un elemento fundamental: la evaluación continua y la retroalimentación —o feedback— por parte de pares y docentes. A pesar de que muchas veces se la reduce a una simple nota, la recepción de calificaciones y críticas constructivas guía al estudiante para que pueda comprender cualquier desacople entre el valor objetivo de su trabajo respecto de sus consideraciones personales, y principalmente a iterar —es decir, a refinar su quehacer— para mejorar su propio desempeño. Esta práctica, aunque insume mucha energía a nivel emocional, forja al menos dos competencias vitales para el futuro: la resiliencia profesional y la capacidad de autocrítica. El microcosmos nos prepara para el macrocosmos: las dinámicas de grupo en un trabajo práctico, la oralidad puesta en juego al presentar una idea en una mesa de examen, o la negociación interna y puesta a punto de plazos en un proyecto simulan, a escala reducida, los desafíos de la vida profesional y cívica, ofreciéndonos un campo de entrenamiento indispensable para aprender a transitar la complejidad de las relaciones humanas y los sistemas sociales con una mayor solvencia y confianza.

Un acto de resistencia

Dediquemos un momento a profundizar en lo efímero: publicaciones de estados e historias que duran solo 24 horas. Contenidos que cada vez son más breves y usuarios que eligen ver los contenidos en velocidad 2x. En una era dominada por la inmediatez, el consumo rápido de información y la promesa de soluciones instantáneas, proyectarse a mediano o largo plazo al emprender una carrera universitaria se erige, casi de manera inevitable, como un acto de resistencia cultural. Si bien es cierto que el contenido curricular es infinitamente más profundo y sistemático que cualquier tutorial rápido o video explicativo que podamos encontrar en alguna red social, el valor distintivo y transformador reside, precisamente, en la naturaleza sostenida y acumulativa del proceso.

Este compromiso se materializa de manera concreta: en la regularidad de asistir a clases, en la entrega constante de trabajos, en el estudio persistente y en la superación escalonada y secuencia de evaluaciones parciales y finales. Esta observación es especialmente pertinente frente a la falsa ilusión de que todo puede resolverse al instante o de que es posible formarse de manera sólida y completa con el material disperso en internet.

La curva de aprendizaje se revela también como una curva del carácter: la perseverancia, la disciplina para postergar recompensas y la tolerancia a la frustración que se cultivan a lo largo del camino terminan delineando un perfil particular: el de un individuo preparado no solo para aplicar un determinado saber práctico, sino para intervenir en el mundo con una mirada consciente a mediano y largo plazo.

La UNLa

Todo este entramado de valores adquiere una dimensión concreta y aleccionadora cuando le ponemos nombre propio y nos detenemos a observar desde la realidad de una institución como la Universidad Nacional de Lanús. Las aulas de nuestra universidad encarnan de manera tangible la promesa de movilidad social ascendente que pareciera desdibujarse en el discurso público. Los números lo confirman: según datos recientes de la Secretaría de Políticas Universitarias (2024), entre el 48 % y el 62 % de los ingresantes a las Universidades Públicas Nacionales son la primera generación de universitarios en sus familias, una tendencia que la UNLa, por su inserción estratégica en el conurbano —un territorio de profunda raigambre popular—, refleja e intensifica.

Para contextualizar, comparto el análisis de Rosario Marina y Delfina Corti para Chequeado, basados en los mismos datos proporcionados por la Secretaría de Políticas Universitarias:

Universidades más tradicionales y de mayor tamaño tienden a mostrar porcentajes más bajos, aunque aún significativos. La Universidad de Buenos Aires (UBA), por ejemplo, registra un 38,56% de estudiantes de primera generación, mientras que la Universidad Nacional de Córdoba alcanza el 46,05%. (Marina y Corti, 2024)

Esta es la verdadera contracara del escepticismo inicial. La Universidad Pública —aún si tomáramos valores de universidades más establecidas como la UBA o la UNC— sigue siendo la institución que permite que los nietos de aquellos inmigrantes que llegaron con lo mínimo, o bien los hijos de trabajadores y trabajadoras, puedan aspirar no solo a un título de grado o posgrado, sino a una transformación profunda en sus vidas y en la de sus familias. Y esto es, ni más ni menos que la materialización de un pacto social que convierte el esfuerzo individual en progreso colectivo.

Comentarios finales

Frente a la pregunta inicial —¿para qué estudiar una carrera universitaria?—, queda claro que la respuesta no la encontramos ni en las promesas de inmediatez ni en cualquier atajo aparente: la Universidad Pública, a pesar de los sucesivos desfinanciamientos que ha sufrido y sigue enfrentando, sigue siendo un espacio ideal para el desarrollo humano, la construcción de redes significativas y la formación profesional con proyección a mediano y largo plazo. Y en un contexto donde proliferan discursos basados en la posverdad o las fake news que suelen minimizar o distorsionar el valor de la educación pública, es crucial afirmar con claridad y con datos su rol irremplazable como motor de movilidad social y de pensamiento crítico.

Por eso, precisamente, su defensa trasciende lo académico: garantizar su financiación y óptimo funcionamiento es sin dudas la inversión más estratégica que pueda hacer un país para sostener el hoy frágil pero aún poderoso mecanismo que todavía permite creer que el porvenir puede construirse, paso a paso, desde las aulas de la Universidad Pública.

*Alejandro Brianza es Magíster en Metodología de la Investigación Científica, docente, investigador en el Centro de Estudios y Producción Sonora y Audiovisual de la UNLa y podcaster.

Notas

  1. «El Índice de Desarrollo Humano (IDH) (1) es una herramienta propuesta por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 1990 que cambió la forma de medir el progreso de los países. Basándose en el enfoque de capacidades Amartya Sen, el IDH ofrece una mirada más integral de las tres dimensiones del desarrollo». ↩︎

Referencias bibliográficas

Brianza, A. (2025, 2 de mayo). Pienso y no sé nada, episodio 56, Para qué estudiar una licenciatura. Pódcast. Disponible en: https://youtu.be/gUwjvDXSLhw?si=XCsEewmnE7Essc1w

Marina, R., y Corti, D. (2024, 14 de octubre). Entre el 48 y el 68% de los ingresantes a las universidades públicas son primera generación de estudiantes universitarios. Chequeado. Extraído de de https://chequeado.com/notas/entre-el-48-y-el-68-de-los-ingresantes-a-las-universidades-publicas-son-primera-generacion-de-estudiantes-universitarios/

Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). https://www.undp.org/es/argentina/noticias/que-puesto-ocupa-argentina-en-el-indice-de-desarrollo-humano-2025-elaborado-por-pnud

Secretaría de Políticas Universitarias (2024, 2 de octubre). Tabla de variable: nuevas/os inscriptas/os de pregrado y grado según nivel de instrucción de la madre y el padre según sector de gestión. Extarído de:

https://docs.google.com/spreadsheets/d/1DtXUn4F_H0HY8z9LHIS7xbaU2Fo1DOz7qryC8kyMtL8/edit

Cómo citar este artículo: Brianza, A. (20 de abril del 2026). ¿Para qué estudiar una carrera universitaria? Algunas reflexiones en tiempos de escepticismo. Investigación en Movimiento. Recuperado el [incluir fecha de consulta]. https://investigacionenmovimiento.unla.edu.ar/para-que-estudiar-una-carrera-universitaria-algunas-reflexiones-en-tiempos-de-escepticismo/

Imagen de portada: Cintia Baldo, Secretaría de Cultura y Comunicación de la UNLa.

 

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Alejandro Brianza

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