Investigación en movimiento

Más allá del campo de batalla: Una aproximación al concepto de guerra híbrida (II)

Alternativas conceptuales para comprender los conflictos contemporáneos

La categoría de guerra híbrida, como se ha visto, ha adquirido una centralidad notable en la discusión estratégica reciente, pero forma parte de un entramado conceptual más amplio que reúne diversas propuestas teóricas destinadas a interpretar la transformación de los conflictos en el siglo XXI. Estas aproximaciones enfatizan dimensiones distintas del fenómeno bélico como son la irregularidad de los actores, la disparidad estructural de capacidades, el peso de los métodos no convencionales, la expansión del conflicto hacia esferas no militares o la persistencia de comportamientos hostiles en zonas intermedias entre la paz y la guerra y constituyen alternativas válidas para comprender la complejidad del entorno actual. Entre las contribuciones más influyentes se encuentra la formulación de la propuesta china elaborada en 1999 por Qiao Liang y Wang Xiangsui en Unrestricted Warfare (Guerra sin restricciones, 2021), que plantea una ampliación del conflicto hacia los ámbitos económico, financiero y comunicacional; el de Thomas X. Hammes en The Sling and the Stone (2006), donde actualiza la tradición de la guerra irregular desde la perspectiva de la insurgencia moderna; el análisis de Iván Arreguín-Toft en How the Weak Win Wars (2005), que examina los patrones estratégicos de la guerra asimétrica. A ello se suma el desarrollo de la categoría de zona gris en trabajos como Mastering the Gray Zone de Michael Mazarr (2015); y la elaboración del concepto de operaciones multidominio en documentos del U.S. Army como The U.S. Army in Multi-Domain Operations 2028[1]. La presentación de estas alternativas permite ubicar la noción de guerra híbrida dentro de un paisaje teórico plural, en el que distintos enfoques procuran explicar la evolución de la conflictividad contemporánea y las modalidades mediante las cuales los actores estatales y no estatales despliegan sus capacidades en un entorno estratégico crecientemente interdependiente y multidimensional.

La noción de guerra irrestricta o «la guerra más allá de los límites» (Qiao & Wang, 2021)
constituye una de las formulaciones más tempranas y sistemáticas sobre la expansión del conflicto allende el dominio militar. Los autores, oficiales de la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación chino, parten de la constatación de que la globalización, la interdependencia económica y la revolución tecnológica habían modificado de manera profunda el modo en que los Estados ejercen influencia y se enfrentan entre sí. En este marco, plantean que los conflictos contemporáneos extienden el campo de batalla a través de un conjunto amplio de acciones que emergen en los espacios financiero, económico, comercial, mediático, tecnológico y diplomático.

El planteo central de la guerra irrestricta sostiene que cualquier instrumento disponible, sea militar o no militar, estatal o societario, puede integrarse en una estrategia orientada a imponer costos o modificar el comportamiento del adversario. Entre los ejemplos que presentan se encuentran las guerras financieras, las presiones económicas, los ataques a redes informáticas, las operaciones psicológicas, las campañas mediáticas, la manipulación jurídica (lawfare), las sanciones económicas, las restricciones comerciales, la intervención diplomática, la acción terrorista y el sabotaje tecnológico. Estos elementos pueden articularse de manera coherente y combinada para producir efectos estratégicos.

Un elemento distintivo en esta formulación es la idea de interpenetración entre esferas civiles y militares. La distinción tradicional entre guerra y paz se vuelve menos útil en un entorno donde los Estados pueden recurrir a medidas económicas o tecnológicas para producir efectos equivalentes, en términos de consecuencias estratégicas, a los que antes se conseguían exclusivamente mediante la fuerza armada. La guerra irrestricta describe este proceso como una ampliación del repertorio estatal, en el que las capacidades no militares adquieren valor estratégico, ya sea para presionar, disuadir o desestabilizar.

Los autores subrayan también la relevancia de la información y del poder comunicacional en la construcción de entornos favorables. La circulación global de datos, imágenes y narrativas permite que los conflictos adopten una dimensión simultáneamente local y global, donde la percepción pública, la estructura de incentivos políticos y la legitimidad internacional se transforman en recursos clave. En este sentido, la información opera como medio para configurar comportamientos estatales, modelar escenarios y condicionar decisiones sin necesidad de recurrir a enfrentamientos armados directos.

Así, la propuesta conceptual de la guerra sin restricciones destaca la creciente convergencia entre los distintos dominios de acción estatal. Finanzas, comercio, diplomacia, tecnología, opinión pública e instrumentos armados se presentan como partes de un mismo campo operativo donde las fronteras normativas y sectoriales tienden a volverse permeables. Esta convergencia refleja la estructura globalizada del sistema internacional contemporáneo, en el que los flujos económicos, comunicacionales y tecnológicos generan nuevas interdependencias y vulnerabilidades.

Por su parte, Thomas X. Hammes (2006) sitúa su conceptualización de la guerra irregular dentro del marco más amplio de la guerra de cuarta generación (Fourth Generation Warfare, 4GW), una categoría con la que busca explicar las transformaciones estructurales del conflicto en un mundo atravesado por la globalización informacional, la movilización social y la consolidación de actores no estatales con capacidad estratégica. En su planteo, la 4GW constituye un cambio de paradigma en el que los factores políticos, culturales y comunicacionales adquieren una relevancia equivalente, o incluso superior, a la acción militar directa.

Hammes sostiene que esta forma de guerra se apoya en organizaciones descentralizadas, capaces de operar en red, absorber costos y adaptarse de manera continua a las respuestas del adversario. La estructura celular o nodal otorga flexibilidad operativa y resiliencia, ya que posibilita que movimientos insurgentes, organizaciones transnacionales o redes armadas mantengan una presencia prolongada incluso frente a fuerzas estatales con superioridad tecnológica. Este tipo de organización se articula con un segundo componente fundamental: la centralidad de la población como ámbito estratégico. La 4GW y la guerra irregular se desarrollan en un espacio donde las percepciones sociales, la disputa por la legitimidad política y la capacidad de construir relatos públicos se convierten en dimensiones centrales del enfrentamiento. En este enfoque, la población actúa como soporte, audiencia y terreno político, lo que confiere a los actores irregulares la posibilidad de incidir en la dinámica del conflicto más allá de su capacidad militar material.

La dimensión informacional constituye otro eje estructural del análisis de Hammes. La expansión de medios digitales, redes de comunicación accesibles y plataformas globales permite que actores con recursos limitados proyecten influencia en múltiples escalas: local, regional e internacional. Las narrativas, las imágenes y los discursos circulan en tiempo real y generan efectos que inciden en la opinión pública, moldean lecturas externas del conflicto y condicionan la capacidad de los Estados para sostener intervenciones militares prolongadas. Desde esta perspectiva, la información funciona como un espacio operativo en el que se disputa la orientación del conflicto.

Un último componente esencial en la formulación de Hammes es la temporalidad extendida. La guerra irregular asociada a la 4GW se despliega a través de campañas largas, donde el desgaste acumulativo produce efectos estratégicos decisivos. El tiempo opera como un recurso político: altera la cohesión social del adversario, modifica su margen de maniobra y reconfigura la relación entre sociedad, gobierno y esfuerzo militar. La estrategia se basa en sostener presión constante para modificar las condiciones políticas del oponente y generar un escenario en el que la persistencia tiene efectos equivalentes a los logros militares directos.

En How the Weak Win Wars, Iván Arreguín-Toft (2005)
presenta uno de los aportes más influyentes para comprender la guerra asimétrica desde una perspectiva estratégica y no meramente descriptiva. Su planteo parte de observar que, en los dos últimos siglos, una proporción significativa de conflictos entre actores profundamente desiguales en términos de poder material concluyó con resultados inesperados, en los que la parte más débil logró impedir, restringir o alterar los objetivos estratégicos de la parte más fuerte. Para explicar este fenómeno, el autor desarrolla un enfoque centrado en la interacción entre estrategias, en el que los resultados se vinculan con la relación que se establece entre el modo de operar de cada contendiente y el desequilibrio de recursos disponibles.

La guerra asimétrica, en su formulación, se estructura alrededor de un desbalance inicial que condiciona los medios, los objetivos y las posibilidades de acción de cada actor. Sin embargo, ese desbalance no determina de manera automática el desenlace del conflicto. Arreguín-Toft sostiene que las partes adoptan estrategias deliberadas, ya sea directas o indirectas, que pueden complementarse o interferir entre sí, al generar configuraciones que influyen en la eficacia política y militar de las operaciones. Cuando un actor débil adopta una estrategia indirecta, como la guerra de desgaste, la movilidad flexible, la evitación del choque frontal o el hostigamiento prolongado, en un escenario donde el actor fuerte se orienta a una estrategia directa orientada a destruir capacidades, la interacción tiende a favorecer al actor menor, ya que la estrategia indirecta desplaza el conflicto a un plano donde el poder material pierde capacidad de resolución inmediata.

Este enfoque incorpora la dimensión temporal como un componente analítico central. En la guerra asimétrica, los conflictos tienden a desarrollarse en horizontes prolongados, donde la persistencia, la administración de costos y la capacidad de sostener el esfuerzo político y social adquieren un peso decisivo en la configuración de los resultados. Para Arreguín-Toft, el tiempo se convierte en un recurso estratégico que permite a actores con capacidades limitadas modificar los incentivos y la voluntad del adversario, e influir en su capacidad para mantener la cohesión interna o sostener operaciones costosas.

El autor también destaca la importancia de la voluntad política, entendida como un componente estructural del conflicto asimétrico. Dado que los actores pequeños rara vez pueden alcanzar la destrucción militar del adversario, orientan su acción hacia la creación de condiciones que vuelven políticamente inviable la continuidad de la campaña enemiga, ya sea por desgaste moral, por presión interna o por alteraciones en la percepción de costos y beneficios. La guerra asimétrica, en esta lectura, se configura como un proceso donde los recursos materiales importan, pero lo hacen en interacción con marcos estratégicos, decisiones políticas, expectativas sociales y horizontes de tiempo.

Por su parte, el concepto «zona gris» se ha consolidado en la literatura estratégica para describir un conjunto de actividades hostiles, competitivas o coercitivas que se despliegan en un espacio intermedio entre la interacción política ordinaria y el conflicto armado abierto. Su desarrollo contemporáneo está fuertemente asociado a los trabajos de Michael Mazarr (2015) quien examina cómo los Estados utilizan tácticas sostenidas de presión para alterar el statu quo sin desencadenar una confrontación que pueda clasificarse jurídicamente como guerra.

La zona gris se caracteriza por la ambigüedad organizada. Se trata de acciones que mantienen un nivel de intensidad deliberadamente calibrado para evitar la activación de umbrales legales, políticos o militares que implicarían una escalada formal. Esta ambigüedad, presente en la extensa franja que media entre la paz y la guerra, se proyecta tanto sobre la naturaleza de los actos como sobre su autoría, sus objetivos y los efectos acumulativos que producen en el tiempo. El comportamiento estatal en este terreno se presenta mediante medidas como presiones económicas, coerción diplomática, despliegues militares limitados, acciones encubiertas, operaciones de inteligencia, campañas de desinformación y creación de hechos consumados incrementales. La clave del concepto radica en la continuidad y la acumulación progresiva, cada movimiento aislado puede resultar insuficiente para justificar una respuesta contundente, pero el conjunto produce una modificación efectiva del entorno estratégico (Blaqués, 2017).

Un rasgo fundamental del análisis de la zona gris es la integración de instrumentos civiles y militares en un marco de competencia prolongada. La política económica, las inversiones estratégicas, los regímenes regulatorios, los flujos energéticos, las medidas legales y las iniciativas diplomáticas se combinan con la presencia militar simbólica o limitada, el uso de fuerzas especiales, la ocupación incremental de espacios geográficos y las operaciones informacionales. La zona gris describe, así, un campo de acción donde los Estados aprovechan la porosidad entre dominios para obtener ventajas graduales sin incurrir en los costos y riesgos asociados a un conflicto armado convencional.

Otro elemento destacado es la gestión de la percepción y del tiempo. Las operaciones en la zona gris funcionan mediante una acumulación lenta, sostenida y frecuentemente dispersa de acciones que, en conjunto, generan cambios en el equilibrio de poder. El ritmo controlado permite que los costos políticos y mediáticos permanezcan bajos y dificulta que los Estados afectados construyan consenso interno o internacional para responder con medidas más contundentes. En este sentido, el concepto de zona gris enfatiza la importancia del entorno cognitivo y de la capacidad de los Estados para modelar narrativas que legitimen sus acciones o diluyan la responsabilidad sobre sus movimientos estratégicos.

La zona gris también se vincula con la transformación del sistema internacional, en el que la interdependencia económica, la difusión tecnológica y la proliferación de actores con capacidad de acción transnacional multiplican las posibilidades de operar en formas que desafían los marcos clásicos del derecho internacional y de la seguridad colectiva. Las actividades en este espacio se desarrollan en una situación de competencia persistente, en la que los Estados buscan ampliar su influencia, proteger sus intereses o modificar la correlación de fuerzas sin llegar a un umbral que obligue a definir el escenario como conflicto abierto.

Finalmente, las operaciones multidominio constituyen una de las elaboraciones doctrinarias más influyentes del pensamiento militar estadounidense en la última década. Impulsadas por U.S. Army Training and Doctrine Command (TRADOC), las MDO buscan responder a un entorno estratégico caracterizado por la competencia entre grandes potencias, la aceleración tecnológica y la creciente superposición entre ámbitos operativos que antes se consideraban diferenciados. Su origen se vincula con la transición desde el concepto de guerra centrada en redes hacia una comprensión más amplia del espacio de combate, donde tierra, aire, mar, ciberespacio y espacio ultraterrestre interactúan de manera simultánea y mutuamente dependiente.

Las MDO parten de reconocer que los adversarios contemporáneos pueden negar el acceso a regiones clave, interferir comunicaciones, degradar sensores, alterar flujos logísticos o intervenir en la infraestructura económica global. Esta complejidad exige que las fuerzas militares operen de forma integrada a través de múltiples dominios donde se coordinen los efectos producidos en distintos planos pero que convergen en un objetivo común. En este enfoque, un ataque cibernético puede habilitar una maniobra terrestre, una operación en el espacio puede proteger sistemas de mando y control, y una acción naval puede crear condiciones para neutralizar defensas aéreas. La esencia de las MDO radica en esta sincronización de efectos que se refuerzan mutuamente.

El concepto incorpora de manera central la competencia en tiempo continuo, una característica que desdibuja la distinción rígida entre períodos de guerra y de paz. En la doctrina multidominio, los Estados se encuentran en un entorno donde los adversarios realizan acciones persistentes para erosionar ventajas, extender su influencia y explotar vulnerabilidades antes de un posible conflicto armado. Las MDO buscan responder a esta lógica mediante la capacidad de generar efectos disuasivos, informacionales y operativos incluso antes del estallido formal de la hostilidad, lo que transforma la preparación, la postura y el despliegue militar en instrumentos activos de competencia estratégica.

La información ocupa una posición transversal en esta doctrina. La proliferación de sistemas autónomos, sensores distribuidos, enlaces satelitales y plataformas de datos transforma el flujo informacional en un elemento operativo que estructura la toma de decisiones. En este marco, las MDO enfatizan la capacidad de operar en entornos donde el adversario intenta interrumpir, saturar o manipular la información, por lo que la resiliencia, la redundancia y la integración de sistemas se vuelven aspectos críticos. La superioridad en el dominio informacional no se logra únicamente mediante tecnología; requiere además la convergencia doctrinaria y organizativa entre fuerzas y agencias.

Otro pilar fundamental es la convergencia tecnológica, que permite combinar capacidades cinéticas y no cinéticas en una misma operación. La doctrina multidominio integra fuerzas terrestres, aéreas, navales, cibernéticas y espaciales bajo un mismo diseño operativo, donde el uso coordinado de fuego de largo alcance, guerra electrónica, operaciones cibernéticas ofensivas, capacidades antisatélite y maniobras terrestres conforma un espectro de acción interrelacionado. La clave reside en la capacidad de actuar de manera simultánea y distribuida, lo que genera múltiples dilemas operativos para el adversario, lo obliga a dispersar recursos y reduce su margen de maniobra.

En su conjunto, las operaciones multidominio ofrecen un marco que reconfigura la comprensión del poder militar en el siglo XXI. Más que delimitar un tipo específico de conflicto, configuran un modo de organizar la acción estatal en un entorno donde los dominios se encuentran profundamente entrelazados y donde la competencia estratégica atraviesa de manera simultánea dimensiones militares, tecnológicas y cognitivas. Las MDO reflejan la estructura global del conflicto contemporáneo, en el que las fronteras entre los distintos ámbitos operativos se vuelven permeables y donde la capacidad de integrar, sincronizar y proyectar efectos a través de múltiples dominios se convierte en un elemento decisivo para la ventaja estratégica (Gaitán Monje, 2020).

El recorrido por las nociones de guerra irrestricta, guerra irregular, guerra asimétrica, operaciones en la zona gris y operaciones multidominio muestra la amplitud y complejidad con la que la literatura especializada ha intentado captar la transformación del conflicto en el siglo XXI. Cada una de estas categorías surge de tradiciones teóricas, experiencias históricas y comunidades estratégicas específicas, y aporta un modo particular de comprender cómo actores estatales y no estatales despliegan poder, ejercen coerción y compiten en escenarios crecientemente interdependientes.

Estas aproximaciones conforman un conjunto de herramientas analíticas que iluminan dimensiones complementarias del conflicto actual. La coexistencia de estas categorías muestra que la transformación de la guerra no puede explicarse a partir de un único principio. Se trata de un proceso atravesado por dinámicas concurrentes: la ampliación del dominio informacional, la articulación de instrumentos militares y no militares, la reconfiguración tecnológica del campo de batalla, la extensión temporal de las campañas, la imbricación entre competencia estratégica y enfrentamiento armado, y la centralidad creciente de la legitimidad política como recurso de poder. En este sentido, las alternativas conceptuales analizadas funcionan como marcos interpretativos que enriquecen el estudio de la guerra híbrida, al situarla en un ecosistema de nociones que abordan lo híbrido desde distintos ángulos.

En conjunto, las definiciones elaboradas por Frank G. Hoffman y por la Organización del Tratado del Atlántico Norte, junto con las conceptualizaciones que examinan la expansión del conflicto más allá del ámbito estrictamente militar, permiten advertir que la especificidad del conflicto contemporáneo se vincula con una transformación más profunda de las condiciones estructurales, espaciales y normativas en las que se ejerce la coerción, así como de los instrumentos y temporalidades que la hacen posible. La convergencia entre tácticas regulares e irregulares, típica de las aproximaciones híbridas, se complementa con dinámicas más profundas vinculadas a la difuminación de los límites entre guerra y paz, la inserción del conflicto en dominios tecnológicos y económicos, la centralidad de la información como vector de poder y la presencia de actores no estatales capaces de incidir estratégicamente. Estas transformaciones indican que la guerra deja de constituir un episodio excepcional o un enfrentamiento circunscripto a fuerzas armadas y pasa a configurarse como un proceso continuo, desplegado en un entorno de interdependencia global donde la hostilidad puede ejercerse sin quebrar formalmente la juridicidad internacional. El conflicto contemporáneo se caracteriza, entonces, por la ambigüedad estratégica, la dispersión de actores, la multiplicidad de escalas y la penetración capilar en la vida social, lo que configura una forma de confrontación que exige marcos teóricos capaces de captar tanto la combinación de medios heterogéneos como la reconfiguración integral del modo en que los Estados perciben, producen y gestionan la violencia.

Reflexiones finales

El análisis realizado permite comprender la guerra híbrida como una expresión distintiva de la transformación reciente del conflicto, caracterizada por la articulación integrada de medios convencionales y no convencionales, la expansión del campo de batalla hacia dominios múltiples y la creciente importancia de la dimensión informacional. Esta configuración adquiere mayor nitidez en su desarrollo doctrinario contemporáneo, especialmente a partir de su incorporación por parte de la OTAN, que la define como una modalidad de intervención orientada a operar en escenarios de ambigüedad y bajo umbrales que dificultan la respuesta tradicional.

La presentación de conceptos como guerra irrestricta, guerra irregular, guerra asimétrica, zona gris y operaciones multidominio permite ubicar lo híbrido dentro de un conjunto amplio de aproximaciones que buscan interpretar la complejidad del entorno estratégico contemporáneo. Si bien todos ellos comparten la intención de explicar la ampliación de los repertorios de acción y la diversificación de actores, cada uno ilumina dimensiones específicas: la guerra irrestricta acentúa la expansión del conflicto hacia esferas no militares; la guerra irregular y la asimétrica destacan la relación entre capacidad material y estrategia; la zona gris enfatiza la ambigüedad deliberada; y las operaciones multidominio ponen el foco en la integración técnica y operativa de los distintos ámbito de acción estatal.

La guerra híbrida se distingue de estas nociones en la medida en que trasciende la descripción de elementos aislados, como la irregularidad, la asimetría, la ambigüedad o la convergencia tecnológica, y los inscribe en una configuración operativa que articula simultáneamente actores, medios y dominios diversos.  Su aporte consiste en proporcionar un marco analítico capaz de integrar procesos que otros enfoques abordan de manera fragmentada y que permite comprender cómo la coerción contemporánea se organiza mediante la coordinación de instrumentos heterogéneos orientados a explotar vulnerabilidades estructurales del adversario.

En conjunto, lo híbrido aparece como una categoría que sintetiza tendencias más amplias de la conflictividad actual, se diferencia de conceptos afines sin quedar desligada de ellos y ofrece una herramienta analítica capaz de dar cuenta de la densidad y simultaneidad que caracterizan al escenario estratégico del siglo XXI.

Así, el análisis realizado permite delinear una conceptualización consistente de la guerra híbrida, pero también subrayar la necesidad de avanzar en investigaciones que examinen con mayor detenimiento sus implicancias, tensiones y proyecciones. Un campo especialmente fértil se vincula con la discusión acerca de si la guerra híbrida representa una novedad sustantiva en la evolución del conflicto o si reorganiza bajo un marco común prácticas que ya se encontraban presentes en confrontaciones previas, pero que hoy adquieren nuevos alcances por efecto de las transformaciones tecnológicas y organizativas. Esta cuestión se articula con los alcances políticos del concepto, su adopción por parte de actores como la OTAN le otorga legitimidad doctrinaria a la vez que influye en la manera en que se identifican amenazas, se diseñan respuestas institucionales y se ordenan prioridades estratégicas en el sistema internacional. Examinar cómo estas definiciones operativas moldean percepciones, justifican intervenciones o reconfiguran agendas de seguridad constituye una línea de indagación relevante para evaluar la dimensión política de la guerra híbrida. Asimismo, explorar su capacidad para adaptarse a contextos regionales diversos, incluidos los latinoamericanos, ofrece una oportunidad para analizar tanto su pertinencia analítica como las especificidades que podría adquirir en escenarios atravesados por dinámicas propias. Estas proyecciones permiten mantener abierta una agenda de investigación destinada a refinar los marcos conceptuales disponibles y a comprender con mayor profundidad la complejidad del conflicto contemporáneo.


Notas

[1] Disponible en https://www.ncoworldwide.army.mil/Portals/76/courses/mlc/ref/Multi-Domain-Operations.pdf

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*Pamela Vanesa Bravo es Maestranda en Políticas Públicas y Gobierno. Licenciada en Ciencia Política y Gobierno (Universidad Nacional de Lanús). Docente-Investigadora, Departamento de Humanidades y Artes, UNLa.

**David Chamorro es Licenciado en Ciencias Políticas y Gobierno y Especialista en Pensamiento Nacional y Latinoamericano, docente-investigador y Consejero Superior de la UNLa.

***Carolina González es Licenciada en Ciencia Política y Gobierno. Maestranda en Políticas Públicas y Gobierno, UNLA.

Cómo citar este artículo: Bravo et al. (17 de marzo del 2026). Más allá del campo de batalla: Una aproximación al concepto de guerra híbrida (II). Investigación en Movimiento. Recuperado el [incluir fecha de consulta].  https://investigacionenmovimiento.unla.edu.ar/mas-alla-del-campo-de-batalla-una-aproximacion-al-concepto-de-guerra-hibrida-ii/

Nota: La imagen de portada fue generada empleando el sistema de inteligencia artificial (IA) generativa y multimodal Gemini, desarrollado por Google, a partir de un prompt basado en el contenido del artículo.

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Pamela Vanesa Bravo , David Chamorro y Carolina González

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