Investigación en movimiento

Más allá del campo de batalla: Una aproximación al concepto de Guerra híbrida (I)

Introducción

El presente artículo se inscribe en el proyecto de investigación «La influencia actual del concepto de Nación en Armas» en cuyo marco se han desarrollado avances para comprender las formas clásicas de pensar la guerra[1]. En esta oportunidad el objetivo es analizar los elementos constitutivos del concepto guerra híbrida y establecer criterios que permitan diferenciarlo de otras formas de comprender el conflicto en el siglo XXI.

La transformación del conflicto en las últimas décadas ha configurado un escenario estratégico marcado por la convergencia de dinámicas violentas heterogéneas, la expansión tecnológica y la multiplicación de actores estatales y no estatales capaces de operar en diversos dominios de manera simultánea. Estos procesos tensionaron los marcos analíticos heredados de la Guerra Fría, en los que la distinción entre guerra convencional, insurgencia, terrorismo y criminalidad resultaba suficiente para describir los patrones de confrontación. La emergencia de fenómenos en los que estas modalidades se integraron en un mismo diseño operativo impulsó la búsqueda de nuevas categorías capaces de captar la complejidad del entorno contemporáneo.

El concepto de guerra híbrida se ha consolidado como una de las categorías más difundidas en el debate estratégico global. Su atractivo reside en la promesa de ofrecer una explicación integradora de los conflictos actuales. Desde la formulación teórica inicial de Frank Hoffman a mediados de los años 2000, la noción ha sido empleada para interpretar escenarios tan diversos como la guerra del Líbano de 2006, la anexión rusa de Crimea, el ascenso de ISIS, las milicias en Medio Oriente o la creciente complejidad de los enfrentamientos en Europa del Este. Su proliferación en documentos doctrinarios, literatura especializada y análisis de política internacional refuerza la idea de que lo híbrido se ha convertido en un rasgo definitorio del panorama bélico del siglo XXI.

En este marco se inscribe la pregunta que guía este trabajo: ¿cuáles son los elementos constitutivos del concepto guerra híbrida y qué criterios permiten diferenciarlo de otras formas de conflicto contemporáneo?

El recorrido propuesto parte de las condiciones estructurales que posibilitaron la aparición de la guerra híbrida, avanza hacia su formulación doctrinaria inicial y examina su consolidación conceptual en documentos recientes de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), donde adquiere una definición multidimensional orientada a comprender la integración coordinada de instrumentos militares y no militares, desplegados de forma abierta o encubierta en escenarios donde las fronteras entre la paz y el conflicto se encuentran deliberadamente difusas. La incorporación de nociones afines, como guerra irrestricta, guerra irregular, guerra asimétrica, zona gris y operaciones multidominio, permite, además, ubicar la guerra híbrida dentro de un panorama conceptual más amplio, en el que distintos marcos interpretativos buscan explicar las transformaciones del conflicto contemporáneo.

En conjunto, esta aproximación ofrece un marco conceptual robusto para comprender cómo lo híbrido se configura como una modalidad de confrontación caracterizada por la integración simultánea de medios, actores y dominios diversos que redefinen los modos en que se ejerce la coerción y se despliega el poder en el escenario internacional actual.

Guerra híbrida: Transformaciones del conflicto y su formulación doctrinaria

A finales del siglo XX y comienzos del XXI, el campo de la estrategia militar ingresó en un período de transformación acelerada que desbordó los marcos doctrinarios vigentes desde la Guerra Fría. El colapso del mundo bipolar dio lugar a una constelación de conflictos heterogéneos donde convergen dinámicas que articulan violencia política, criminalidad transnacional, operaciones psicológicas, manipulación informacional, ciberataques y capacidades militares convencionales. La emergencia de organizaciones como Al Qaeda y posteriormente ISIS, la consolidación de redes criminales globalizadas, la proliferación de milicias en Medio Oriente y el Cáucaso, y la circulación planetaria de tecnología de uso dual reconfiguraron el paisaje de manera profunda (Capdevilla, 2022).

El 11 de septiembre de 2001 marcó un punto de inflexión particularmente significativo en la comprensión de los conflictos contemporáneos. Los atentados mostraron que un actor no estatal podía planificar y ejecutar una operación de alcance global mediante la articulación de financiamiento clandestino, células transnacionales, entrenamiento militar irregular, aprovechamiento de vulnerabilidades tecnológicas y una estrategia de comunicación capaz de producir efectos políticos a escala planetaria. Esta convergencia puso de relieve las limitaciones de los marcos analíticos que trataban de manera separada la guerra, el terrorismo y la insurgencia, al evidenciar formas de acción en las que estas dimensiones aparecían estrechamente interrelacionadas. En este contexto, el rasgo más relevante del fenómeno radicó en la integración estratégica de capacidades heterogéneas, donde la coordinación entre recursos organizacionales, operativos y simbólicos permitió producir efectos desproporcionados en relación con los medios disponibles.

Los conflictos posteriores, como la insurgencia iraquí tras la invasión de 2003, la transformación del Hezbollah libanés, la evolución de las milicias chechenas y la interacción entre Estados y actores proxies en múltiples teatros, mostraron que el campo de batalla ya no podía definirse exclusivamente por la linealidad entre fuerzas regulares y fuerzas irregulares. Estas dinámicas incorporaban sistemas de misiles antitanque, armamento ligero altamente distribuido, drones rudimentarios, guerra urbana, contrabandos sofisticados, financiamiento criminal y operaciones mediáticas orientadas a moldear la percepción pública. Así, la multiplicidad de dominios estratégicos (físico, digital, informacional, económico y social) comenzó a operar de manera simultánea y produjo efectos combinados que excedían el alcance interpretativo de las tipologías tradicionales.

Por otro lado, la revolución tecnológica de fines del siglo XX, especialmente en telecomunicaciones, sistemas satelitales, internet y dispositivos móviles, multiplicó las posibilidades de acción de actores con recursos limitados. La disponibilidad de información en tiempo real, el acceso a tecnologías de precisión relativamente baratas y la capacidad para intervenir en flujos comunicacionales globales modificaron la naturaleza misma de la confrontación. La guerra dejó de ser exclusivamente una interacción entre fuerzas materiales y comenzó a integrar dimensiones cognitivas, simbólicas y narrativas que adquirieron un peso estratégico creciente. En este entramado global, los analistas militares comenzaron a advertir una tendencia común: la presencia de configuraciones operativas donde lo convencional, lo irregular, lo criminal y lo informacional interactuaban en un mismo diseño estratégico.

Es precisamente en este clima de transformación doctrinaria, incertidumbre analítica y presión por encontrar nuevas categorías interpretativas que surgió el concepto guerra híbrida. Su aparición respondió a la necesidad de nombrar esos fenómenos emergentes cuyas características estructurales desafiaban los marcos teóricos heredados y exigían un lenguaje conceptual capaz de comprender configuraciones en las que dominios diversos se articulaban de manera simultánea y mutuamente reforzada (Sanchez García, 2012) (Colom Piella, 2012).

 El concepto de guerra híbrida comenzó a circular en 2002 en el ámbito académico de la Armada estadounidense, a partir de un estudio que examinaba las modalidades de combate empleadas por la insurgencia chechena contra las fuerzas rusas en el conflicto de 1994-1996 (Nemeth, 2002). Posteriormente, hacia 2005, la expresión fue adoptada en un documento oficial de Estados Unidos para dar cuenta de escenarios en los que convergían y se superponían amenazas de distinta naturaleza, convencionales, irregulares, catastróficas y disruptivas, dentro de un mismo teatro de operaciones[2]. La utilización del término respondía a la necesidad de advertir a las autoridades políticas sobre las crecientes dificultades que enfrentaba la planificación estratégica en un orden internacional caracterizado por la inestabilidad y la imprevisibilidad: la expansión de la llamada Guerra contra el terrorismo, las intervenciones prolongadas en Afganistán e Irak frente a insurgencias persistentes, las transformaciones asociadas a la revolución en los asuntos militares, la aparición de actores estatales con potencial para alterar el equilibrio estratégico, limitaciones presupuestarias en materia de innovación y la ampliación sostenida de las misiones asignadas a las fuerzas armadas.

La primera formulación sistemática del concepto Guerra Híbrida aparece en «Future Warfare: The rise of hybrid warfare», de James N. Mattis y Frank G. Hoffman (2005). Allí, los autores plantean la necesidad de establecer un concepto capaz de sintetizar el conjunto de las transformaciones que se manifestaban simultáneamente en distintas regiones del mundo. Su propuesta conceptual parte de la observación de que las formas contemporáneas de conflicto tienden a estructurarse mediante la combinación deliberada de capacidades diversas, que incluyen elementos convencionales, tácticas irregulares, acciones terroristas, redes criminales, recursos tecnológicos avanzados y operaciones de influencia.

Esta conceptualización adquiere un desarrollo más sistemático en «Conflict in the 21st Century: The Rise of Hybrid Wars», donde Frank G. Hoffman (2007) formula una definición teóricamente más precisa de la guerra híbrida. Caracteriza esta modalidad de conflicto como una forma de confrontación que integra la letalidad asociada al combate convencional con la intensidad sostenida propia de la guerra irregular, una convergencia que se manifiesta simultáneamente en la configuración organizativa de los actores y en la combinación de los medios empleados. De este modo, define la guerra híbrida como un patrón de acción estratégica en el que diferentes capacidades militares y no convencionales se articulan dentro de un mismo esquema operativo, lo que permite a los contendientes sostener niveles elevados de coerción a través de estructuras flexibles y repertorios de acción diversificados. Sostiene que las organizaciones que conducen este tipo de guerras pueden articular estructuras políticas y militares jerárquicas con unidades tácticas organizadas en células o redes descentralizadas, que permite integrar la conducción estratégica centralizada con una elevada flexibilidad operativa.

Esta forma de organización se corresponde con un repertorio amplio de medios y procedimientos. Los actores que participan en estas guerras pueden recurrir simultáneamente a sistemas de comando encriptados y armamentos relativamente sofisticados (como misiles portátiles tierra-aire) junto con tácticas asociadas a la guerra irregular, entre ellas emboscadas, dispositivos explosivos improvisados, asesinatos selectivos y ciberataques. En su aplicación operativa, estas guerras incluyen la combinación de capacidades convencionales, formaciones y tácticas irregulares, actos terroristas y actividades criminales dentro de un mismo marco operacional. La difusión de tecnologías militares avanzadas contribuye a incrementar la velocidad y la letalidad de estas configuraciones y permite que tanto Estados como actores no estatales puedan emplear de manera combinada tácticas convencionales y no convencionales con un uso intensivo de la tecnología.

Los escenarios privilegiados para este tipo de conflictos se encuentran en entornos operativos complejos, particularmente en grandes áreas urbanas caracterizadas por alta densidad poblacional, infraestructura crítica y redes de transporte extensas. Estas condiciones ofrecen refugio, facilitan la movilidad y permiten sostener operaciones prolongadas, al tiempo que proporcionan múltiples posibilidades de ocultamiento y preparación de acciones futuras. La conducción del conflicto tiende a orientarse hacia dinámicas prolongadas en las que los adversarios evitan enfrentamientos decisivos y buscan obtener ventajas mediante procedimientos inesperados. En este contexto, las actividades criminales pueden contribuir al sostenimiento de las fuerzas involucradas y favorecer procesos de desorden y disrupción en la sociedad atacada.

Un rasgo adicional señalado por Hoffman es la ampliación del campo de confrontación hacia el espacio informacional. La explotación de los medios de comunicación permite alcanzar audiencias masivas y movilizar apoyo social e influir sobre percepciones colectivas y patrones de movilización política. La capacidad de actuar sobre este plano adquiere relevancia estratégica en la medida en que las comunicaciones pueden modificar las formas de participación social y los objetivos en torno a los cuales se desarrollan los conflictos.

En conjunto, la guerra híbrida aparece caracterizada como una modalidad de conflicto en la que fuerzas regulares e irregulares, medios convencionales y no convencionales, y distintas formas de coerción se encuentran fusionadas dentro de una misma organización, en un mismo campo de batalla que permite a los actores involucrados emplear los medios disponibles, según su eficacia, para alcanzar objetivos políticos. Esta integración constituye el rasgo central que, según Hoffman, define el carácter de estas guerras:

Amenazas que incorporan una gama completa de diferentes modos de guerra, incluidas capacidades convencionales, tácticas y formaciones irregulares: actos terroristas que incluyen violencia y coerción indiscriminadas, y desórdenes criminales, llevados a cabo tanto por Estados como por una variedad de actores no estatales. Estas actividades multimodales pueden ser llevadas a cabo por unidades separadas, pero generalmente se dirigen y coordinan operativa y tácticamente dentro del campo de batalla principal para lograr efectos sinérgicos en las dimensiones físicas y psicológicas del conflicto. (2007, pág. 8)[3]

De esta manera, la teorización militar de lo híbrido identifica como rasgos distintivos del conflicto contemporáneo, en primer lugar, la diversidad de actores que intervienen, estos pueden ser Estados que actúan de forma directa o a través de intermediarios, junto con guerrillas, organizaciones terroristas, redes criminales y contratistas privados, lo que favorece la ambigüedad y dificulta la atribución de responsabilidades. En segundo lugar, destaca la combinación flexible de medios, que abarca desde armamento básico empleado de manera innovadora hasta tecnologías avanzadas y de uso dual, potenciadas por recursos propios de la era informacional. En tercer lugar, subraya la variedad de tácticas, que integran acciones convencionales limitadas con insurgencia, terrorismo, ciberoperaciones, engaño y propaganda, muchas veces ejecutadas de forma encubierta para evitar una escalada abierta. Asimismo, resalta el uso de múltiples capacidades de apoyo (inteligencia, drones, guerra electrónica y operaciones informativas) desplegadas a lo largo de todo el conflicto y con posibilidad de intensificación progresiva. Finalmente, contempla la diversificación de las fuentes de financiamiento, tanto legales como ilícitas, frecuentemente vinculadas al crimen organizado (Colom Piella, 2019).

Desde esta perspectiva, los conflictos desarrollados en los Balcanes, Chechenia, Afganistán, Irak, Líbano o Sri Lanka suelen invocarse como ejemplos de una modalidad de confrontación que parte de la literatura estratégica presenta como característica del mundo globalizado. La marcada asimetría tecnológica configuró un escenario profundamente desigual, en el que el dominio de ciertos Estados (principalmente EE. UU) en capacidades militares avanzadas les otorgó una ventaja significativa en el plano convencional y condicionó el modo en que se estructuró la confrontación. Esa superioridad redefinió los márgenes de acción disponibles para los adversarios con menores recursos y los obligó a recalibrar sus estrategias, orientándolas hacia formas de intervención capaces de eludir los espacios donde la brecha tecnológica resultaba determinante. En tales condiciones, los actores más débiles desplazaron la disputa hacia dimensiones menos dependientes de la potencia material y adoptaron modalidades indirectas de confrontación, dispersaron los escenarios de acción y ampliaron el repertorio de instrumentos disponibles con el propósito de erosionar la voluntad política del oponente, incrementar los costos de su intervención y tensionar aquellos puntos donde su supremacía técnica encontraba límites operativos o políticos. De este modo, la desigualdad tecnológica impulsó una reconfiguración de la confrontación que privilegió la flexibilidad, la capacidad de adaptación y la identificación de vulnerabilidades estructurales del adversario más poderoso.

Hasta aquí, la formulación de Hoffman constituye uno de los antecedentes que permiten identificar la creciente convergencia de herramientas militares y no militares en los conflictos contemporáneos, a lo cual la OTAN adhirió al considerarla como una forma de combatir «en la que los adversarios integrarán operacional y tácticamente medios convencionales, irregulares, terroristas y criminales» (OTAN, Multiples Future Project. Navigating Towards 2030, 2009, pág. 55)

El punto de inflexión en la atención internacional al concepto se produce con la anexión de Crimea en 2014. La combinación de fuerzas sin insignias, maniobras políticas, presión económica y operaciones informacionales generó un escenario que puso en evidencia la necesidad de contar con un marco conceptual capaz de captar ese tipo de intervenciones. A partir de ese episodio, la OTAN incorporó por primera vez de manera explícita el término hybrid warfare en la Declaración de la Cumbre de Gales de 2014[4], donde reconoce «los desafíos específicos que plantean las amenazas de la guerra híbrida, donde se emplea una amplia gama de medidas militares, paramilitares y civiles, abiertas y encubiertas, en un diseño altamente integrado». Allí se propone como objetivo desarrollar herramientas para disuadir y responder a las denominadas «amenazas de guerra híbrida» y reforzar las capacidades nacionales (párrafo 13).

Este momento marca el inicio de un desarrollo más sistemático del concepto dentro de la Alianza, que comienza a elaborar una postura orientada a comprender y enfrentar estos modos de presión y competencia interestatal que se habían manifestado con claridad en el escenario ucraniano. Así, en la Cumbre de Varsovia de 2016[5] se considera que en la guerra híbrida convergen «(…) una combinación amplia, compleja y adaptable de medios convencionales y no convencionales, así como medidas militares, paramilitares y civiles, abiertas y encubiertas, se emplean en un diseño altamente integrado por actores estatales y no estatales para lograr sus objetivos» (párrafo 72).

El documento Hybrid Threats and Hybrid Warfare[6] (2024) constituye una de las exposiciones más sistemáticas de la postura contemporánea de la OTAN respecto de la noción de guerra híbrida. Allí se presenta una elaboración conceptual que busca definir la amenaza híbrida como un fenómeno multidimensional que combina instrumentos militares y no militares, desplegados de manera integrada con el objetivo de explotar vulnerabilidades estructurales de las sociedades abiertas. Desde las primeras páginas, el texto aclara que el concepto no debe ser entendido como una tipología fija de guerra, en cambio, lo presenta como un enfoque estratégico que describe la forma en que actores estatales y no estatales articulan tácticas encubiertas, presión política, manipulación informacional y acciones militares de baja visibilidad para erosionar la cohesión interna y las capacidades de respuesta del adversario. Esto se observa claramente en la sección introductoria del documento, donde se afirma que las amenazas híbridas se refieren principalmente a actividades que no constituyen una guerra formal, pero eso no significa que dichas amenazas no estén presentes también durante la guerra formal. Se refiere a posibles acciones militares y no militares, abiertas o encubiertas, que un actor estatal o no estatal podría llevar a cabo para socavar a una sociedad objetivo y lograr sus objetivos políticos. Estas acciones van más allá de la interacción normal entre los Estados, sin necesariamente buscar un fin bélico, ya que no todas las amenazas híbridas pueden clasificarse claramente como problemas militares. (pág.15)

Uno de los ejes centrales del documento es la idea de que las amenazas híbridas buscan operar en un espacio intermedio entre la paz y la guerra abierta, donde las fronteras jurídicas, políticas y operacionales se encuentran deliberadamente difuminadas. En la explicación del marco conceptual, se señala que los actores híbridos despliegan acciones que intencionalmente desdibujan las líneas entre paz, crisis y conflicto, lo que complica la detección temprana y la respuesta proporcional. La OTAN interpreta esta ambigüedad como el principal rasgo distintivo del fenómeno: la capacidad de mantenerse por debajo del umbral que activaría mecanismos de defensa colectiva, evitar la clasificación jurídica de agresión armada y, por tanto, reducir la posibilidad de una respuesta militar convencional. Esta «zona gris», según el documento, constituye el espacio operativo privilegiado de la guerra híbrida, y su comprensión es fundamental para ajustar los marcos de defensa y disuasión de la Alianza.

El texto retoma la idea de que la guerra híbrida puede incorporar capacidades militares regulares e irregulares con actividades que abarcan todo el espectro de la manipulación diplomática, económica, informativa y social para promover los objetivos del adversario, manteniéndose por debajo del nivel o umbral de la guerra convencional, y que dicha actividad puede ser tanto encubierta como abierta (pág. 14).

Si bien reconoce que el término guerra híbrida resulta aún problemático debido a la ambigüedad inherente a su uso, la definición que termina por adoptar la OTAN es:

La guerra híbrida es el uso creativo del poder duro, blando e inteligente por parte de actores estatales o no estatales malignos para lograr objetivos bélicos y políticos. Los actos malignos incluyen un amplio espectro de instrumentos militares y no militares de poder coercitivo que van más allá del espacio de batalla multidominio convencionalmente concebido. La guerra híbrida abarca la política, la diplomacia, la información, la economía, la tecnología, las fuerzas armadas y la sociedad, así como dimensiones como la cultura, la psicología, la legitimidad y la moral. La ejecución coordinada de estos actos malignos ocurre tanto abierta como encubiertamente en las ambiguas zonas grises de interfaces difusas: entre guerra y paz, amigos y enemigos, relaciones internas y externas, civiles y militares, y actores estatales y no estatales, así como en ámbitos de responsabilidad generalmente por debajo del umbral de la guerra o como complemento de un conflicto armado más regular. (pág.16)[7]

Esta definición enfatiza tres dimensiones estructurales: la multidimensionalidad de los instrumentos de poder, la ambigüedad como recurso estratégico y la integración de actores y niveles de acción en un mismo diseño político-militar. Así mismo, tiene implicancias significativas para la comprensión de los conflictos contemporáneos porque redefine qué se entiende por guerra, quiénes participan y en qué espacios se despliega la confrontación.

En primer lugar, desplaza el foco desde el enfrentamiento militar directo hacia una lógica de competencia permanente y multidimensional. Si la guerra híbrida integra instrumentos políticos, económicos, informativos, tecnológicos y culturales, entonces los conflictos actuales ya no pueden interpretarse únicamente a partir de operaciones armadas visibles. La coerción puede ejercerse mediante sanciones económicas, manipulación informativa, presión diplomática, ciberoperaciones o intervenciones sobre la legitimidad institucional. Esto obliga a ampliar el análisis más allá del campo de batalla tradicional y a incorporar variables vinculadas al poder estructural y simbólico.

En segundo lugar, la noción de «zonas grises» implica que la distinción clásica entre guerra y paz pierde claridad. Los conflictos dejan de ser episodios delimitados en el tiempo y el espacio para convertirse en procesos continuos, de baja intensidad variable, que operan muchas veces por debajo del umbral formal del uso de la fuerza. Desde esta perspectiva, la seguridad y la defensa dejan de orientarse exclusivamente a la respuesta frente a agresiones abiertas y pasan a estructurarse en función de la gestión de escenarios ambiguos, donde la atribución de responsabilidades es incierta y la calibración de una respuesta proporcional presenta mayores dificultades.

En tercer lugar, la inclusión de actores estatales y no estatales en un mismo esquema analítico sugiere una creciente fragmentación del monopolio de la violencia. Estados, milicias, empresas militares privadas, redes criminales y plataformas digitales pueden actuar de manera articulada o indirecta, lo que complejiza la identificación del adversario y difumina las fronteras entre lo interno y lo externo. Esto tiene consecuencias tanto para el derecho internacional como para las doctrinas militares y las políticas de seguridad interior.

Además, al considerar dimensiones como la cultura, la psicología y la legitimidad, la definición reconoce que los conflictos actuales también se disputan en el terreno de las percepciones y la cohesión social. La estabilidad política, la confianza institucional y la narrativa pública se convierten en objetivos estratégicos, lo que amplía el campo de vulnerabilidades potenciales de los Estados y sociedades.

Finalmente, esta conceptualización tiende a interpretar el entorno internacional como un espacio de competencia estructural permanente. Ello puede contribuir a explicar fenómenos como la instrumentalización de la interdependencia económica, las campañas de desinformación o la utilización estratégica del ciberespacio. Sin embargo, también plantea un desafío analítico: si toda forma de rivalidad es susceptible de ser catalogada como «híbrida», el concepto puede perder precisión y transformarse en una etiqueta abarcadora que dificulta diferenciar entre conflicto armado, competencia geopolítica y disputa política ordinaria.

Así, la definición amplía el marco interpretativo de los conflictos actuales al destacar su carácter multidimensional, ambiguo y continuo, pero al mismo tiempo exige una delimitación rigurosa para evitar que la categoría se vuelva excesivamente elástica y analíticamente imprecisa.

En la búsqueda de establecer un marco conceptual, Rubio García (2022) define la guerra híbrida como una «pugna mediante el uso de acciones híbridas en la que se ha sobrepasado el umbral que desencadena una guerra declarada bajo el respaldo del Derecho Internacional» (pág. 122) y a la amenaza híbrida como un «conjunto de acciones que un Estado u organización de entidad ejecuta sinérgicamente para alcanzar un objetivo estratégico sin traspasar el umbral del conflicto bélico» (pág. 120).


[1] Disponible en https://history.defense.gov/Portals/70/Documents/nds/2005_NDS.pdf?ver=2014-06-25-124535-143

[2] Avances disponibles en https://investigacionenmovimiento.unla.edu.ar/la-influencia-de-la-teoria-la-nacion-en-armas-en-el-pensamiento-de-peron/

[3] La traducción es propia

[4] Disponible en https://www.nato.int/en/about-us/official-texts-and-resources/official-texts/2014/09/05/wales-summit-declaration

[5] Disponible en https://www.nato.int/en/about-us/official-texts-and-resources/official-texts/2016/07/09/warsaw-summit-communique

[6] Disponible en https://www.nato.int/content/dam/nato/webready/documents/deep/Hybrid-threats-and-hybrid-warfare-ENGLISH.pdf

[7] La traducción es propia

Referencias bibliográficas

Arreguín-Toft, I. (2005). How the Weak Win Wars: A Theory of Asymmetric Conflict. UK: Cambridge University Press.

Blaqués, J. (2017). Hacia una definición del concepto «Grey zone». Documento de investigación del IEEE, 02, 1-30.

Capdevilla, C. A. (2022). Guerra híbrida: las nuevas tecnologías como instrumento de guerra. Revista CEERI Global, 1, 59-75.

Colom Piella, G. (2012). Vigencia y limitaciones de la guerra híbrida. Revista científica «General José María Córdova», 10, 77-90.

Colom Piella, G. (2019). La amenaza híbrida: mitos, leyendas y realidades. IEEE, 669-682.

Gaitán Monje, E. (2020). Las operaciones multidominio: el nuevo reto. Revista del Ejército de Tierra Español, 947, 48-55.

Hammes, T. (2006). The Sling and the Stone: on war in the 21st century. St. Paul: Zenith Press.

Hoffman, F. (2007). Conflict in the 21st century: The rise of hybrid wars. Arlington VA: Potomac Institute for Policy Study.

Mattis, J., & Hoffman, F. (2005). Future warfare: The rise of hybrid warfare. U.S Naval Institute Proceedings, 11, 30-32.

Mazarr, M. (2015). Mastering the Gray Zone: Understanding a changing. Strategic Studies Institute: U.S Army War College Press.

Nemeth, W. (2002). Future war and Chechnya: a case for hybrid warfare. Calhoun. Institute Archive of the Naval Postgraduate School.

OTAN. (2009). Multiples Future Projet. Navigating Towards 2030. Norfolk: Allied Command Transformation.

OTAN. (2024, June). Hybrid threats and hybrid warfare. Reference Curriculum. Retrieved from https://www.nato.int/content/dam/nato/webready/documents/deep/Hybrid-threats-and-hybrid-warfare-ENGLISH.pdf

Qiao , L., & Wang, X. (2021). Guerra sin restricciones. Circulo Militar.

Rubio García, A. (2022). La Guerra Híbrida. En búsqueda de un marco conceptual estandarizado. Temas Profesionales, 111-122.

Sanchez García, F. (2012). El conflicto híbrido ¿Una nueva forma de guerra? IEEE, 11-24.

*Pamela Vanesa Bravo es Maestranda en Políticas Públicas y Gobierno. Licenciada en Ciencia Política y Gobierno (Universidad Nacional de Lanús). Docente-Investigadora, Departamento de Humanidades y Artes, UNLa.

**David Chamorro es Licenciado en Ciencias Políticas y Gobierno y Especialista en Pensamiento Nacional y Latinoamericano, docente-investigador y Consejero Superior de la UNLa.

***Carolina González es Licenciada en Ciencia Política y Gobierno. Maestranda en Políticas Públicas y Gobierno, UNLA.

Cómo citar este artículo: Bravo et al. (17 de marzo del 2026). Más allá del campo de batalla: Una aproximación al concepto de guerra híbrida (I). Investigación en Movimiento. Recuperado el [incluir fecha de consulta]. https://investigacionenmovimiento.unla.edu.ar/mas-alla-del-campo-de-batalla-una-aproximacion-al-concepto-de-guerra-hibrida-i/

Nota: La imagen de portada fue generada empleando el  sistema de inteligencia artificial y modelo de lenguaje desarrollado por OpenAI, ChatGPT, a partir de un prompt basado en el contenido del artículo.

 

124 LECTURAS

Pamela Vanesa Bravo , David Chamorro y Carolina González

Deja una respuesta